jueves 14 de julio de 2011

Kyle Eastwood y Nigel Kennedy, de película



Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz, miércoles 13 de julio

Antes de soltar la primera nota de cine, mientras levanta el contrabajo del suelo, Kyle Eastwood, el niño de Clint, dispara su sonrisa y una mirada cómplice hacia un tipo  despreocupado que silba “La muerte tenía un precio”. Ese tipo se llama Pablo Sanz. Por un puñado de pelis, magnífico, guapo y seductor,  Kyle te mata en las baladas. Y su pianista Andrew McCormack, un peligro de ternura. Y con el británico Nigel Kennedy llegó el cinemascope de arte y ensayo. Con la boca abierta me quedé. Y con los ojos como platos. Divo hasta el tuetanillo, Nigel casi me hace llorar con el violín de palo. Este caballero del pelo loco y la camiseta hooligan, que bebe infusiones y cerveza en escena, despliega una intensidad sobrecogedora. Mientras me crecía el pasmo ante tanta belleza, descubrí que los  espectadores más conmocionados  eran fans septuagenarios.  Y ese violín eléctrico (ventas millonarias de discos en el mundo de la clásica), ¡qué exquisitez tan salvaje! El fenómeno de los prodigios con Vivaldi volviéndose majara con Hendrix y las czardas de Monti. También descubrí, gracias a las camisetas de Nigel y su quinteto de jazz, que Aston Villa es un equipo de fútbol, aunque – algunos mitos de mi juventud los tengo muy confusos – a mí me sonaba también a aquel bólido de lujo que pilotaba Bond, James Bond. Nigel Kennedy , un peliculón corriendo la banda.