sábado, 8 de agosto de 2009

Willy DeVille, ángel maldito por un puñado de vidas



Algunos tipos no cambian. Willy DeVille es uno de esos amigos a los que siempre echaremos de menos. Fue un ángel sin miedo a caer, un romántico con la música, un romántico que a donde quiera que haya ido en este último viaje llevará un puñado de vida. Rock llorando lágrimas de soul, esa fue su melodía, una melodía de galán castigador que a veces torcía el labio para silbar algún suspiro latino. En sus conciertos, el momento de interpretar “Demasiado corazón” era una de las cumbres del climax.

Otra de sus piezas estrella era “Hey! Joe”, esa historia del tipo que va por ahí con un rifle en la mano, ese himno que el más desparramado Jimi Hendrix había convertido en pura balasera desde el corazón de la sicodelia. Willy DeVille, cargado de emociones, le puso al romance de “Hey! Joe” un colofón de trompetas mexicanas. Rock bravucón con mariachis, ese era uno de los perfiles de Willy. Un artista de perfil nítido, de perfiles varios. Sólo por esto, y por algunas cosas más, Willy tuvo rendido a sus pies al público español. Cada concierto suyo era una cita de privilegio con eso que hemos dado en denominar un tipo auténtico.

Hagamos un poco de historia y luego volveremos a lo Willy DeVille en vivo y en directo. Era hijo de la tercera o cuarta generación del rock and roll, para todo hay teorías y calendarios. Nacido en Nueva York en 1953, un año antes de que Elvis Presley se destetara cantando “That´s alright, mama”, DeVille se crió en el bajo Manhattan en un ambiente muy latino. Y si algo tuvo su música, ese algo fue ambiente.

Voz sudorosa, chulesca y desgarrada; ritmos obsesivos, congestionados, casi claustrofóbicos. Willy recordaba de su adolescencia: “La música afrocubana me alimentaba. Yo he tenido dos grandes influencias: la música latina y la del Nueva York intelectual blanco. Mi música no es más que pachuco rock. En nuestra jerga, un pachuco es un personaje latino un poco particular, un hispano mitad rocker y mitad dandy”. Los muchachos de los frijoles a la conquista de la gran ciudad.

Lo del rock intelectual blanco neoyorquino hay que explicarlo. Tenía esa bandada de bandas en la mitad de los años 70 un cuartel general: el club CBGB. Allí paraban Patti Smith, Ramones, Televisión con Tom Verlaine y los Talking Heads de David Byrne. Gente que leía a T.S. Elliot y al Marqués de Sade, vástagos todos de aquella factoría de Andy Warhol que fue la Velvet Underground. Willie Deville se estrenó en ese tiempo con el grupo alter ego Mink DeVille.

El debut discográfico fue “Cabretta” (1977), un álbum producido por Jack Nietzsche, legendario teclista y compositor de notables bandas sonoras en el cine, para películas como “Blue Collar” o “Alguien voló sobre el nido del cuco”. Nietzsche también era un tipo de ambientes cargados, que se hundían en las raíces de la música americana. Este también compañero de Ry Cooder y los Rolling Stones compuso la música de “Cruising” (1980), donde las tórridas canciones de Mink Deville sonaban mientras Al Pacino, un policía infiltrado en los duros ambientes gays, iba a la caza de un asesino en serie de homosexuales. Un historión de cuero negro y músculo brillante, fish fuckin incluido.

Otro grande de la música americana, Doc Pomus se fijó en Willy al arrancar los 80. Más música en carne viva con “Le Chat Blue”. La fijación con dos ciudades lanza destellos inconfundibles en la obra “devilliana”. Esas ciudades por las que caminó en sueños o de veras fueron Paris y Nueva Orleáns, con el gato azul o con “Coupe de Grâce” (1981). Son los años de los prestigiosos sellos con energías negras Capitol y Atlantic. En 1987 hubo cambio de discográfica pero sin cambiar de piel ni repostar sangre.

El álbum “Miracle” debía catapultar a Willy a la fama más allá de unos jugosos cenáculos de culto. El asunto no debió dar los beneficios económicos que se esperaba, porque con ese álbum empezó y acabó la historia con el sello Polydor. El disco era un discazo, producido por un Mark Knopfler arrollador, que al tiempo que se comía al mundo con el álbum de Dire Straits “Brothers In Arms”, resucitaba a Tina Turner con “Private Dancer”. “Miracle” no fue todo lo milagroso que esperaba Polydor, pero el trabajo de Willy y Knopfler fue sensacional, un disco emocionante, hermoso, elegante, sobrio, sofisticado. El sabor de Nueva Orleáns filtrándose en el contraluz de las persianas cerradas. Una casualidad, bromas del destino, lo último de Willy DeVille es “Pistola” (2008), un disco de homenaje a Nueva Orleáns.

Si algo tenía Willy DeVille era estilo, esa manera tan suya de arrastrar las palabras y el ritmo en el spanglish de “Cadillac Walk” o “Spanish Stroll”. Un rompecorazones con el corazón roto. Un punto de maldito notable también que compensaba con románticas vestimentas. La silueta sacada de un recortable de película de piratas del Caribe: la nariz ganchuda, el bigotito afilado, la melena grasienta, la levita brillante, la camisa con chorreras… Mucho sentido del humor y fe en uno mismo hay que tener para subirse al escenario con esas pintas y obtener el reconocimiento del respetable como capitán del canto de la tripulación. Y el villano lloraba a moco tendido como un héroe desvalijado: “¿Qué hiciste. Rosita, con mi carro y mi televisión?”

Cierto que había manierismo, que no amaneramiento, en su música. Su música era de raíz, el reconocimiento a los valores que no pasan de moda. Todo Willy DeVille sabía, olía, dejaba huella. Hacía música verdadera, sin concesiones. Un tipo de una pieza.

Gimiendo canciones desconsoladas de Van Morrison, “Could you would you?”, o invitando a la pista con “Stand by me” y “Save the last dance for me”, el castigador sabía sacar partido a su personaje de El Zorro. Tenía un “savoir faire” innato, innegable. Cómo si no, un sujeto tan amartelado con las poses de macarra portuario, podía salir airoso al cantar “En el amor no hay sitio para el orgullo”. Willy le cantaba a las mujeres fatales y hasta a su propia cornamenta. Ninguna debilidad humana le era ajena porque tenía lo que John Ford llamaba pasión de los fuertes. Un héroe que muere pronto, demasiado pronto. Con demasiado corazón siempre.

Públicado en Público

1 comentario:

Anónimo dijo...

Una llega a estas publicaciones por casualidad y se maravilla de lo que lee... Genial artículo.