miércoles, 7 de marzo de 2007

YO MATÉ AL REY DEL MAMBO



Yo me dediqué a esto porque la música me gustaba. No sabía hasta que punto habrían de estirarse mis gustos al acceder al status profesional. Líneas y minutos. El mejor artículo es el que está a tiempo. Normas de obligado cumplimiento si quieres sobrevivir. Somos profesionales. Bueno, por los menos no somos abogados, gente con patente de corso para lanzar filípicas y defender lo que sea conveniente por todo el morro. Saltarse normas de elemental convivencia cuando operan en grupo.Sucedido en los años ochenta. Estoy malo, postrado en la cama. Tengo hepatitis. Llama el redactor jefe: “Oye, escríbete algo, que se ha muerto Pérez Prado”. Allá voy. Vamos chicos al despeñadero. Bonito artículo que me salió sobre el supuestamente fenecido Dámaso Pérez Prado. Mentira cochina. El que murió fue su hermano Pantaleón, que a la sazón le había ganado un surrealista pleito en los tribunales franceses al vivito y coleante Dámaso. Advertí de este hecho de duplicidad de espurios reyes del mambo a mi periódico. El tiempo apremiaba. Maté a Dámaso Pérez Prado, que se quejó en su viva agonía desde México. Tonterías. Tuve que rectificar. Quedé como un gil y fui malmirado, castigado por jerarquías que en todo esto veían negligencia. La mía. Y eso que ya sabíamos que el auténtico inventor del mambo era Israel López “Cachao”. No obtuve perdón alguno por obedecer órdenes.Llamada a cualquier hora: “Oye, que se está muriendo tal y necesitamos tener algo preparado”. Pero –replico- es que a ese artista yo lo conocía mucho y me sentimentalmente no estoy en condiciones…, o apenas lo he escuchado. Respuesta: “Mándanos tantas líneas. Estamos con el agua al cuello”. Algunos que yo maté tardaron más de un año en tomar sepultura. El caso de las necrológicas ante mortem. Los sentimientos que escribí siguen siendo válidos, aunque, eso sí, tan innobles como fabuladores en su momento.Otra cantinela: “Oye, el concierto de esta noche acaba pasadas las venticuatro horas, pero lo necesitamos como límite a las doce en punto”. Tarea imposible pero realizable. Me ocurríó una vez, en Diario 16, que Leonard Cohen saliera, por problemas con el sonido, a escena a la una de la madrugada. Escribí un precioso artículo cuando tan solo había oído los primeros versos de “Suzanne”. ¡Ufff! Y así caen sobre nosotros, los periodistas musicales, tareas sumamente desagradables y falsificadoras,, como el imposible de escribir una crónica de fútbol antes del final del partido, o quién cortó orejas cuando vamos por el tercer toro de la corrida. Hasta un día que un colega no pudo asistir a un concierto de los Beach Boys por enfermedad, y el subdirector del periódico le enfrentó con este reto. “Da igual. Cuenta lo que te parezca. Tú ya sabes”. Y bien que lo sabía. Yo tambien. A veces. Soy un hombre divertido, aplicado y deshonesto. Y todo por una miseria de euros. Estoy que me salgo.