martes, 7 de agosto de 2007

galbana estival. El Gordo y El Flaco



El verano trae la galbana; a veces, perrera.

Esa bruma sofocante de no saber que hacer, no hacer nada o hacer cualquier cosa. Los periódicos siguen saliendo.

José Angel Millás, ingenioso y con gélido morbo, se despereza (hoy por ayer en el diario El País) con un existencialista micro-relato sobre la niña que mató al canario “mientras el mundo duerme”.

Alex de la Iglesia, a requerimiento veraniego del mismo periódico, medita sobre las exiguas posibilidades de atraer al lector con motivo del 50 aniversario de la muerte de Oliver Hardy. Alex consigue su incierto propósito.

Los despropósitos de PSOE en Navarra, la dimisión del desmochado Puras, son pulgas del estío para todos menos para aquellos que ven demorado su afán de colocarse, de colocar a sus sobrinos y amigos. Y eso que lo más prudente -ya que los socialistas navarros son los terceros más votados- era esperar a que pase el verano, acabe el otoño y nos despierte la traca de las elecciones generales. Esta vaga obviedad es la primera noticia de la primera página sesteante de El País.La galbana política es, con mucho, la más atorrante, por impertinente.

Escribe Alex de la Iglesia: “Quizá eso fue lo que acabó con ellos. Ya no vivimos en un mundo donde las cosas sean sencillas. Nos parece más verosímil pensar que entre el Gordo y el Flaco había algo más que bofetadas, o que Cary Grant llevaba bragas, por poner un ejemplo que me duele particularmente. La inocencia es un sentimiento extraterrestre, propio de alienígenas. El slapstick, la comedia de bofetadas y tropezones, es un género extinguido, un fósil de videoclub. Han pasado 50 años desde que estos tipos, Stan Laurel y Oliver Hardy, desaparecieron, pero parecen siglos, evos, eones. Tampoco es que el mundo se haya convertido en Sodoma y Gomorra y que echemos en falta la risa limpia y cristalina de antaño.

Ahora casi todo resulta, sencillamente, incompresible. La trama no está pensada por un guionista: está pensada por tres, al menos, y no trabajan juntos, se superponen, uno encima de otro, como en una orgía absurda. El confuso resultado es corregido por el estudio y los abogados de la compañía de representación que maneja los contratos de los actores principales añaden sus condiciones. Después, todo pasa por un filtro de corrección política y, por último, se añaden unos chistes de otro guionista que nadie conoce porque el tipo de ventas internacionales dice en un mail que el resultado no es todo lo gracioso que se esperaba. Así se consigue esa pasta extraña, indigesta, que no molesta a nadie, pero tampoco agrada a nadie, tan característica de nuestro tiempo. Así funciona el negocio, y el Gordo y el Flaco no están en él desde hace 50 años. Hacen muy bien”.


Y para que llueva sobre mojado y nos refresque, matizo yo:
Políticamente Correcto: eufemismo que se utiliza para esconder el hecho de que por muy “democráticamente parlamentarios” que pudiéramos ser, lo que se nos obliga a hacer es “obedecer sin rechistar”, acatar el poder sin discrepancias, sin al menos tomar posiciones a cierta distancia.

Lo que más me gustó de El Gordo y El Flaco fue su incapacidad para el trabajo. Fueron un par de vagos - dos tarambanas muy torpes saliéndose con la suya- que convirtieron el derecho a la pereza en arte. Supongo que trabajarían lo suyo para hacernos reir.

Gracias Stan, gracias Ollie.
Gracias Alex, gracias Millás.
Gracias al llorado Osvaldo Soriano, que escribió en clave de tierna novela negra "Triste, solitario y final", donde Stan Laurel y Philip Marlow van cogiditos de la mano por este mundo de galbana cruel.