martes, 3 de julio de 2007

humor se escribe con hache. Robert Crumb/Scott Joplin



Si le vieras por la calle, jamás dirías que es quién es: un tipo flaco y encorvado, de aspecto desaliñado con sus ropas anticuadas, su perenne sombrero ajado y su insulso bigotito coronado por unas gafas del tipo de las que usa tu abuelo; parece alguien sacado de otra época.
Pero... si te diera por pensar que se trata del tío más rancio y arcaico con el que te hayas cruzado, créeme, no podrías equivocarte más: con toda su pinta de menda rarito sin sustancia (que cultiva desde sus tiempos mozos), hay muy pocos como él que, desde la propia y escogida marginalidad, hayan estado metidos más a fondo en todo aquel meollo de hippies, drogas, cultura contestataria y sexo indiscriminado que se cocía en los '60 y '70 estadounidenses.

¿Qué cómo, te estás preguntando? Bueno, él se coló -literalmente- en el rollo por medio de una infancia y juventud tan atípicas que, a la primera que las sazonó con LSD, su cabeza giró al más puro estilo exorcista, el cerebro se le recoció y acabó dibujando los comics más extraños, perturbadores y desvergonzados que nadie hubiera siquiera imaginado hasta la fecha.

Y no sólo metido a empujones y hasta las cachas en aquel tinglado libertino, sino lo que es más paradójico todavía: rehuyendo a aquellas jaurías hippies más metidas en su papel y criticando todo aquello que veía (incluidas no sólo las propias filas en las que aparentemente militaba, sino también él mismo como blanco favorito para la burla), Crumb terminó por erigirse -de forma algo involuntaria- en un auténtico icono de toda la movida contracultural de aquella época, alcanzando una fama que únicamente le permitió follar mucho más (y a la que no le pidió nunca mucho más) pero esquivando un dinero que casi siempre venía atado a cosas que le tocaban poderosamente los güevos.

Crumb prefirió perseguir una visión que nada tenía que ver con la moral o la estética convencionales, que escandaliza por su sinceridad y su crudeza políticamente incorrectas; así, alimentando un par de obsesiones fetichistas muy bien definidas, puso al descubierto toda la hipocresía (racismo, machismo, puritanismo...) que se escondían tras aquellos ideales de igualdad, libertad y democracia con los que los EE.UU. se significan de puertas afuera. Sin embargo, nunca pretendió ser el cronista de su época (su particular ego no se lo habría permitido), de modo que siempre pudo y supo evolucionar con los tiempos para que la vigencia de su trabajo perdure como el primer día (una vigencia que pocos o ninguno han conseguido, si acaso sus colegas Shelton o Corben).

Considerado como el padre del llamado comic underground o simplemente comix, Robert Crumb es el artista más inclasificable que el mundo de la ilustración haya dado nunca, y posiblemente el que haya creado más ingente cantidad de material para sus numerosos adeptos, todo ello a partir de una formación por entero autodidacta. Sus viñetas cargadas de crítica social, erotismo sin ambages y mala leche corrosiva a partes iguales, le han reportado a lo largo de su carrera desde los elogios más sentidos a las críticas más virulentas, pero a él todo esto siempre le importó una mierda.

La fiera independencia en la que ha logrado mantenerse (abocándole de por vida a la clase media) ha hecho de Crumb un ejemplo de integridad en el que se mezclan locura y genialidad sin frontera alguna entre ambas, un auténtico antihéroe inadaptado socialmente que circula a contracorriente y de forma sistemática por un mundo en el que -al uso de un guiño muy íntimo entre Crumb y su hermano suicida Charles-

"TODO es perfecto y asquerosamente encantador."

Doy públicamente las gracias -yo, Pedro Calvo a día de hoy- y le hago la ola a Pablo de la Riva,
buena gente.
Descubrí su trabajo, en un momento de solaz, cuando pude zafarme de los que me tenían mirando a la meca, el meco, el maco y el moco.