viernes, 23 de noviembre de 2007

olvidos. Angel González








Tengo que comer y luego coger el tren. Voy a sacar dinero al cajero automático. No tengo la tarjeta de crédito, ¿la habré perdido? Pienso, hago memoria. Ayer comí con José Antonio en un chino: pagué y allí me la dejé, en la carpetita con la cuenta. El restaurante chino está cerca de la estación de Nuevos Ministerios; paso a recoger la tarjeta.

No me equivocaba: está.

Decido comer en el restaurante Kon-Tiki, que queda al lado de la estación. Sentado a la mesa que queda frente a mí está el poeta Angel González: come, bebe, fuma, lee el periódico. Bebe bastante vino, fuma mucho más que yo, que fumo sin parar.

Angel González, serio, aplomado, correcto, más correcto de lo predecible después de trasegar vino con generosidad, se levanta y paga. Lleva varios billetes de cincuenta euros doblados y guardados en un bolsillo del pantalón, como hacía mi padre. Recoge su periódico, El País, dejando sobre la mesa el suplemento Propiedades. Olvida que debajo hay un par de paquetes con libros.

Pienso que no soy el único que se olvida de cosas inmediatas.

Salgo de Kon-Tiki hacia la estación; a medio camino, me doy cuenta de que me he olvidado la gorra irlandesa. Vuelvo a la cafetería. Me han guardado la J.Crew, me la devuelven. Salgo acalorado, por tanta metedura de pata, porque el tiempo se me echa encima.

¡Qué manera de perder el tiempo! Necesito un secretario.