lunes, 17 de agosto de 2009

Joaquín Maurín


Joaquín Maurín Juliá (Bonansa, Huesca, 12 de enero de 1896 - Nueva York, 5 de noviembre de 1973) fue un político español, dirigente del Bloque Obrero y Campesino (BOC) y del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM).

El POUM firmó el pacto del Frente Popular y Maurín fue elegido diputado en las elecciones del 16 de febrero de 1936.

Al producirse el golpe de Estado el 18 de julio de 1936, se encontraba en Galicia, zona donde triunfó la sublevación. Rápidamente intentó pasar a la zona republicana a través de Aragón, pero fue detenido en Jaca y encarcelado por los franquistas. Encarcelado en Salamanca, se le asignó un nombre falso (Máximo Uriarte). Pasó toda la Guerra Civil en prisión y no fue juzgado hasta 1944. Fue condenado por un consejo de guerra a 30 años de prisión, aunque fue indultado en diciembre de 1946. Se exilió en Nueva York, junto a su esposa y su hijo, creando una agencia de prensa y dedicándose al periodismo y a la escritura. Murió el 5 de noviembre de 1973.



"Recuerdos", por Joaquin Maurín

I. Esta semana no pasará nada


El lunes 13 de julio de 1936, por la mañana, temprano, acompañé a Jeanne, mi mujer, y a Mario, mi hijo, niño de siete años y medio, a la estación del ferrocarril, donde tomaron el tren que les condujo a la frontera. Habíamos decidido que pasarían algún tiempo en París, en casa de los padres de Jeanne. Nos separamos, diciendo: ¡Hasta pronto!... De hecho, la separación duró once años...

En Barcelona, políticamente, aquella calurosa mañana de julio no pasaba nada de particular. En Madrid, sí que había ocurrido aquella madrugada algo muy grave: el asesinato de Calvo Sotelo.

Antes de lo ocurrido el 13 de julio, ya se presentía que las derechas, apoyadas en el ejército, se sublevarían a no tardar. En un discurso que pronuncié en el Parlamento, el 16 de junio, auguré un plazo de dos meses. Me equivoqué. Los acontecimientos se desarrollaron mucho más rápidamente.

Aquella semana no se reunió el Parlamento. Los días 13, 14 y 15, lunes, martes y miércoles, fueron de gran tensión política. El miércoles, día 15, se reunió el comité ejecutivo del Partido Obrero de Unificación Marxista (P. O. U. M.) para estudiar la situación. Se tomó el acuerdo de que Andrés Nin y yo nos entrevistáramos con Luis Companys, presidente de la Generalidad.

Companys nos citó para las diez de la noche. Nos recibió muy cordialmente. Eramos viejos amigos. Nin y él se tuteaban. Eran aproximadamente de la misma edad, y los dos habían actuado juntos en organizaciones izquierdistas y en el periodismo en la segunda década del siglo. Mi relación con Companys era posterior. Nos saludamos por primera vez en 1922, y a comienzos de 1923 fui un día a la peña que se reunía en un café de la plaza de la Universidad, en la que eran contertulios habituales Companys y Salvador Seguí. A mí nunca me gustaron las peñas de café, y mis relaciones con Seguí, hasta que fue asesinado, tuvieron lugar al margen de la peña. Mi contacto con Companys se afianzó en 1930, cuando conspirábamos contra la Dictadura, en la fase de Berenguer. El 14 de abril de 1931 nos encontramos en la Diputación (luego Generalidad) momentos antes de que él fuera a hacerse cargo del Gobierno Civil.

Dejando a un lado al patriarca Maciá, que desapareció pronto de la escena política - murió en diciembre de 1933-, Companys era el hombre político más sagaz del conglomerado que fue Esquerra Republicana de Cataluña.

Companys, Nin y yo estuvimos hablando durante más de una hora, en su despacho de la Generalidad. Nos dijo que no lograba ponerse en comunicación con Madrid. Tenía la impresión de que no había gobierno o que el Gobierno dormía... Nos enseñó unas hojas clandestinas de tipo contrarrevolucionario que circulaban en los cuarteles de Barcelona. «Los militares se mueven», dijo. En presencia nuestra trató nuevamente de comunicarse con el Ministerio de la Gobernación (el ministro de la Gobernación, Juan Moles, era un republicano catalán de la vieja generación). Mas todo en vano. Al separarnos - eran más de las 11- nos dijo que le telefoneáramos un par de horas más tarde.

Al salir de la Generalidad, Nin y yo convinimos en que si, después de hablar por teléfono con Companys, la situación no había experimentado ningún cambio, yo saldría en avión para Madrid, y, una vez allí, sobre la base de nuevas informaciones, decidiría si regresar a Barcelona o ir a Galicia, en donde desde hacía tiempo tenía proyectados, para los días 17, 18 y 19, viernes, sábado y domingo, unos cuantos actos de propaganda.

Desde mi casa, hacia la una de la madrugada del jueves, día 16, llamé a Companys, como habíamos convenido. «Sin noticias de Madrid. Nada nuevo», me dijo. Companys, a esa hora, seguía vigilante. Quien, al parecer, estaba durmiendo era el Gobierno de Madrid.

Hacia las 11 de la mañana, llegué al aeródromo de El Prat. Ese día, no sé por qué, el avión tardó más que de costumbre en emprender el vuelo. Se tardaba un par de horas en ir de Barcelona a Madrid. Aterrizamos en Barajas hacia las dos de la tarde. Serían las tres cuando llegué al Congreso. Recuerdo que en los pasillos encontré a José Calvet, presidente de la Unió de Rabassaires; a Angel Pestaña, que llegaba de Cádiz, por donde era diputado, y a Lana Sarrate.

Lana Sarrate, aragonés como yo, ingeniero, profesor de la Escuela Industrial de Barcelona, era diputado por la provincia de Huesca, y en el tablero político figuraba en Izquierda Republicana, el partido de Azaña. Eramos amigos, y charlamos durante un rato. Me dijo que acababa de celebrar una entrevista con Azaña -«Don Manuel», decía él, quien le había dicho: «Esta semana no pasará nada; la próxima, ya veremos».

Creí lo que creía Azaña, y al anochecer tomé en la estación del Norte el tren que había de llevarme a Santiago.

El P. O. U. M. (Partido Obrero de Unificación Marxista) era el resultado de la fusión del Bloque Obrero y Campesino (B. O. C.) y de la Izquierda Comunista. El B. O. C., fundado unas semanas antes de la proclamación de la República, se había desarrollado principalmente en Cataluña, extendiéndose hasta Castellón de la Plana, Valencia v Mallorca; pero, de hecho, estaba limitado regionalmente. La Izquierda Comunista tenía unos cuantos grupos fuera de Cataluña: los principales de ellos eran los de Madrid y Santiago de Compostela. La fusión del B. O. C. y la I. C., efectuada en el otoño de 1935, daba al nuevo partido, el P. O. U. M., una posibilidad de extensión peninsular.

En la primavera de 1936 había consagrado un fin de semana a Galicia; hice actos de propaganda en Lugo y Orense. Encontré un gran ambiente de simpatía.

En mis planes de propaganda y proselitismo en Galicia figuraban Santiago y algunas poblaciones de la provincia de La Coruña para el sábado 18 y el domingo 19 de julio.

Llegué a Santiago, a media mañana, el viernes 17. Lo primero que hice fue visitar la catedral y luego recorrer la ciudad. Santiago es una de las joyas urbanas de España. Por la tarde, mis compañeros de la sección del P. O. U. M. me llevaron a un pueblo de los alrededores, en donde celebramos un mitin. El sábado, día 18, celebré otro acto de propaganda en una población cuyo nombre no recuerdo y regresé por la tarde a Santiago, en donde tenía anunciada una conferencia en la Casa del Pueblo. Mientras hablaba, los compañeros me pasaron una nota en la que me decían que la radio acababa de anunciar la sublevación militar. No pude contenerme de denostar al Gobierno que había hecho posible que eso se produjera.

En Galicia, de momento no pasaba nada.

El domingo, día 19, me marché a La Coruña con el propósito de entrevistarme con el gobernador.

Fui a la estación de los autobuses que hacían el recorrido Santiago-La Coruña, y pedí asiento. Era costumbre entonces en España, en los servicios de autobuses de línea, anotar el nombre del viajero. El empleado me preguntó el nombre y se lo di. Fue un error, como veremos más adelante. Llegué a La Coruña, y me apresuré a ir al Gobierno Civil.

El gobernador, Francisco Pérez Carballo, abogado, muy joven, me recibió en seguida, y, creyendo que yo iba a su encuentro con una misión especial, se apresuró a hacerme preguntas. Pero era yo el que quería preguntarle a él. Me dijo que estaban rotas las comunicaciones con Madrid, que no sabía más que lo que decían las radios. Me dio la impresión de un hombre asustado.

En el despacho-salón había bastante gente. Entre los asistentes reconocí al diputado Somoza, y nos saludamos:

Antes de retirarme, el gobernador me dijo: -«Tome precauciones, y si no ha ocurrido nada, vuelva mañana a verme»-.

Siguiendo el consejo del gobernador, tomé inicialmente una precaución: me inscribí en el hotel con el nombre de Joaquín Julió Ferrer (los apellidos de mi madre eran Juliá Ferrer). El hotel en el que me instalé, el hotel Centro Gallego, en la calle de las Naciones, era modesto y céntrico.

Por la noche, en el comedor, después de la cena, los huéspedes escuchaban las noticias que daba la radio desde Madrid. Oí leer una proclama firmada por Largo Caballero, en representación del Partido Socialista, y por José Díaz, en la del Partido Comunista, aconsejando al movimiento obrero de toda España. «Allí donde se produzca la sublevación militar, declaración de huelga general». La consigna me pareció de una torpeza imperdonable. Era una invitación a tomar una actitud defensiva. La consigna justa tenía que haber sido precisamente la contraria: «Declaración de huelga general para impedir la sublevación». Es decir, tomar la ofensiva.

El lunes, día 20, volví al Gobierno Civil. Carballo me saludó, diciéndome que esperaba que de un momento a otro los militares declararan el estado de guerra. Hacía esfuerzos para aparentar una serenidad que le faltaba. Sobre la mesa del despacho se veían vasos y botellas de coñac. Era el indicio de que el gobernador y los que estaban a su lado habían pasado la noche en vela y se sostenían en pie como podían.

Regresé al hotel, y, mientras los huéspedes estábamos en el comedor, oímos el ruido de carros militares en la calle. A no tardar, se oyeron cañonazos. El regimiento de artillería cañoneaba el Gobierno Civil. El tiroteo en las calles fue muy intenso durante toda la tarde.

Al anochecer habían cesado los tiroteos. El ejército se había adueñado de la ciudad en unas cuantas horas.

Supuse que toda España estaba en convulsión.

«¡Esta semana no pasará nada!», había dicho el presidente de la República cuatro días antes.

II.Transmutación


En 1919, siendo yo soldado en el cuartel de la Montaña, en Madrid, el regimiento de Transmisiones, al que yo pertenecía, hizo maniobras en Galicia durante el mes de agosto. Recorrimos a pie gran parte de la provincia de Pontevedra, hasta la frontera con Portugal y los límites con la de Orense. Formaba parte del grupo en el que yo iba otro soldado, Vicente Constante, albañil de oficio, socialista, natural de un pueblo de los alrededores de Jaca: lo encontraremos más adelante en circunstancias dramáticas. Galicia, sonriente, luminosa, verde, ondulada, femenina, me encantó. Nunca pude imaginarme entonces que diecisiete años más tarde tendría que pasar cuarenta días terriblemente difíciles, entre la vida y la muerte, en Galicia...

El ejército ocupó La Coruña en la tarde del lunes 20 de julio.

Durante tres o cuatro días estuvo prohibida la salida de la población civil a la calle. En los lugares más estratégicos de la ciudad había pelotones de soldados con ametralladoras y fusiles que disparaban contra quien se atreviera a infringir la orden marcial.

Cómo se las arregló el dueño del hotel Centro Gallego - si no recuerdo mal, se llamaba Ramiro Díaz- para dar de comer a los huéspedes, alrededor de una veintena, no lo sé. Pero no se pasó hambre.

Las mesas en el comedor eran para cuatro personas. Mis compañeros de mesa eran un hombre como de cincuenta años, muy encarnado de cara, gallego, que debía de ser comerciante, de fuera de La Coruña - llamémosle Barreiro; otro, algo más joven, moreno, también gallego, que daba la impresión de ser n agricultor acomodado -llamémos Do Rego -, y, finalmente, un argentino, de unos cuarenta años, de origen gallego, que había salido de Buenos Aires -dijo- a causa de un desengaño amoroso...

Yo dije a mis compañeros de mesa que era aragonés, residente en Madrid, traductor de oficio, que había venido a La Coruña a pasar un par de semanas como turista.

Los dos gallegos, Barreiro y Do Rego, hablaban con mayor libertad. Barreiro dudaba de que los militares acabaran dominando la situación; Do Rego no lo dudaba y simpatizaba con los sublevados; el argentino no opinaba nada: estaba abrumado por su desengaño amoroso... Yo escuchaba y hacía alguna pregunta discreta, absteniéndome de opinar. En las otras mesas del comedor se hablaba en voz baja, y no era posible cazar ninguna palabra al vuelo.

Por la noche, después de la comida, en uno de los ángulos del comedor se formaba un grupo que se distraía jugando a los naipes. Yo me incorporé, para no aparentar alejamiento, y jugaba también a las cartas. Se había prohibido escuchar la radio de Madrid, y la radio local no interesaba. La mayor parte de los jugadores, discretamente, parecían simpatizar con la causa republicana. Me sentía bien a su lado.

El cuarto o quinto día fue autorizada la salida de la gente a la calle y reapareció la prensa local.

La peña de jugadores se disolvió. Pero yo me había hecho unos cuantos amigos - si así puede decirse- y al entrar en el comedor nos saludábamos.

En mi mesa continuábamos los mismos comensales. Barreiro se abstenía de exponer sus dudas y hablaba con cierto recelo. Do Rego parecía satisfecho del giro que iban tomando las cosas. El argentino seguía abrumado a causa de su desengaño amoroso...

La Coruña es una ciudad limpia, hermosa. Mi lugar favorito era el Rompeolas, en la playita de Riazor. El Rompeolas era como un balcón al mar. En ese balcón pasé horas y horas, durante cuarenta días, contemplando el cabrilleo del mar y el vaivén de las olas. Y haciendo reflexiones...

¿Cómo La Coruña, que era una ciudad liberal, republicana, con un movimiento obrero considerable, había podido ser tomada por el ejército, prácticamente sin la menor lucha? - me preguntaba -, y la interrogación me atormentaba entonces y sigue atormentándome ahora, mientras escribo estos recuerdos treinta y seis años después.

Si en Madrid no hubiese habido un Gobierno completamente inepto, si en La Coruña hubiera habido un gobernador enérgico, y si los jefes republicanos coruñeses hubieran sido políticamente capaces, la sublevación militar habría fracasado, o quizá ni siquiera se hubiera producido.

En La Coruña había dos regimientos, uno de infantería y otro de artillería. Sobre el primero ejercía considerable influencia el general Rogelio Caridad Pita, que era contrario a la sublevación y no se sublevó. En el de artillería había desacuerdo. El general de la división, Salcedo, era opuesto a la sublevación. La mitad del ejército era fiel a la República; la otra mitad favorable a la rebelión: de ahí el retraso en sublevarse.

El gobernador tenía a sus órdenes tres fuerzas armadas: los guardias de asalto, los carabineros y la Guardia Civil.
Si republicanos y obreros hubiesen tomado la ofensiva el sábado 18 o el domingo 19 de julio, puesto que el ejército estaba dividido y vacilaba, se habría ganado la batalla, como se ganó en Madrid, Barcelona, Bilbao y Lérida... Menciono Lérida, ciudad mucho menos importante que La Coruña, porque allí el movimiento obrero -P. O. U. M., en un noventa por ciento- venció a los dos regimientos sublevados.

Allí donde los trabajadores y republicanos adoptaron una actitud ofensiva, vencieron a los militares. Tomando una posición defensiva, o, lo que es más grave aún, permaneciendo a la expectativa, como fue el caso de La Coruña, perdieron y fueron exterminados.

La pérdida de La Coruña significó la de toda Galicia, en donde hubo brotes de resistencia tardíos, que luego fueron fácilmente dominados por el ejército.

De haberse ganado la batalla en La Coruña, toda Galicia habría sido republicana.

Los mineros de Asturias quedaron inmovilizados por el «quiste» de Oviedo creado por Aranda. Irónicamente, fueron los gallegos los que «liberaron» a Oviedo. Sin la ayuda de Galicia, Oviedo no habría resistido. Asturias proletaria y Galicia campesina unidas hubiesen contribuido poderosamente a cambiar el curso de los acontecimientos.

Marx dijo que una sublevación, como la esfera, tiene el centro en todas partes. Ese centro estuvo durante unos momentos en La Coruña.

No conocía en La Coruña más que a una persona, Eugenio Carré, maestro. Hijo del escritor galleguista del mismo nombre, era un joven inteligente, formal, ponderado y responsable. Había sido miembro del partido comunista, y, decepcionado, pidió cl ingreso en el P. O. U. M. Recibía un paquete de La Batalla, y a su alrededor se iba formando un grupo de simpatizantes. Carré vino a Santiago el sábado, día 18, y hablé con él. Me produjo una excelente impresión.

Tenía la dirección de Carré, y un día decidí ir a su casa.

Llamé a la puerta, y salió a abrirme una niña de diez o doce años. Le dije que era un amigo de Eugenio Carré. La niña lanzó un grito, y en seguida acudió una mujer, que debía de ser la madre. Repetí lo que había dicho a la niña. Ella también lanzó un grito desgarrador, y me invitó a entrar, introduciéndome en una habitación, en la que había un hombre acostado en la cama, respirando fatigosamente: sufría una crisis cardíaca.

Todos a un tiempo, llorando, me preguntaron qué sabía de Eugenio.

Comprendí que estaba en presencia de sus padres y hermanos. - No sé nada - dije, aparentando calma -. Por eso he venido aquí, para saber de él. Es amigo mío.

-¡Nuestro hijo! ¡Eugenio! - gemían desesperadamente sus familiares.

El drama era demasiado intenso. Me excusé como pude y me marché.

Eugenio Carré - lo supe once años después- fue encontrado muerto, acribillado a balazos, en la cuneta de una carretera.

Estaba visto, no encontraría a nadie en La Coruña en quien pudiera confiar para salir del atolladero. Y no podía permanecer allí indefinidamente.

Salía del hotel aparentando despreocupación. Un día, paseaba por el parque delante del puerto, y pasó por mi lado, guiñándome un ojo, un soldado... Lo reconocí. Era un estudiante, catalán, que asistió a la conferencia que di en Santiago el sábado 18 de julio. Había sido movilizado... Otro día, entré en una peluquería, y un hombre que aguardaba turno me miró fijamente, como reconociéndome, y salió disparado de la barbería. No pude adivinar si era a causa de la sorpresa o por algo peor...

Tenía que salir de La Coruña. Pero, ¿cómo? ¿Y adónde ir?

Se me ocurrió una idea: presentarme en el consulado de Francia para pedir ayuda. En el puerto había un barco francés que iba recogiendo a los franceses que se encontraban en Galicia.

Yo estaba casado con una mujer francesa; mi hijo había nacido en París; eso podía ser una razón suficiente ante el cónsul. Por otra parte, el Gobierno francés, presidido por el socialista León Blum, simpatizaba con la causa republicana española. Yo era diputado del Frente Popular... Había una remota posibilidad, y quise aprovecharla.

Escribí a mi mujer, a París, dirigiendo la tarjeta postal a nombre de su madre, y firmando con un nombre familiar, Quim. Le decía que pensaba regresar a mi país y que dentro de unos días iría al consulado para que me repatriara... Era una insinuación para que mi familia francesa interviniera cerca del Gobierno francés a fin de que el cónsul en La Coruña me atendiera...

Cuando calculé que mi tarjeta podía haber llegado ya a París, decidí dar el paso.

El consulado francés estaba instalado en el tercer piso del llamado Edificio Pastor, un gran inmueble frente al puerto. En el segundo piso se encontraba la Comandancia de Carabineros. Dos carabineros hacían guardia en el portal.

Conservaba aún mi carnet de diputado a Cortes, que consideraba indispensable para presentarme ante el cónsul francés. Sin embargo, ¿y si los carabineros, al entrar, me pedían la documentación?

No me la pidieron, tomé el ascensor y llamé a la puerta, siendo introducido ante el secretario del cónsul.

- Qu'est-ce que vous désirez, monsieur?-me preguntó.

Le contesté en francés que para una cuestión importante y reservada necesitaba hablar con el cónsul.

El secretario fue a otro despacho, y regresó con el cónsul. Era un señor de entre cincuenta y sesenta años, alto, delgado, con bigote recortado, cabello gris, de aspecto típicamente francés.

Saqué mi carnet de diputado, y se lo enseñé. Le expuse mi situación: casado con una mujer francesa, padre de un niño nacido en Francia...

Escuchó atentamente. Me hizo alguna pregunta discreta. Se callaba y movía la cabeza, como si estuviera interiormente en conflicto.

Comprendí en seguida que no había recibido de París ninguna indicación oficial para que me ayudara. (La recomendación del Gobierno francés llegó al cónsul más tarde, cuando yo ya había salido de La Coruña.)

Al cabo de un rato de conversación, el cónsul se excusó, diciendo que regresaría dentro de unos instantes, y salió del despacho.

El secretario, en tono cordial, me dijo que era sumamente fácil la solución. Bastaba incluirme en un grupo de franceses que deseaban repatriarse y eran embarcados. Dijo que no había, al menos aparentemente, control policíaco: simplemente, los carabineros tomaban la lista que presentaba el Consulado, y sin más, autorizaban el embarque...

Transcurrió algún tiempo, y el cónsul no regresaba. Le dije al secretario que, habiéndome visto los carabineros subir al Consulado, no era prudente que mi visita se prolongara demasiado.

El secretario fue al encuentro del cónsul, y al cabo de unos minutos regresó, diciéndome secamente:

- El señor cónsul dice que se marche usted en seguida, pues nos compromete...

- ¿No me había usted dicho antes que la solución era posible? -¡Márchese usted, pues nos compromete! - repitió. Al llegar al hotel destruí el carnet de diputado. No sólo no me servía, sino que me comprometía.

Como de costumbre, por la mañana y por la tarde, iba al Rompeolas y me sentaba en un banco. Y reflexionaba...

Estaba firmemente convencido de que la República acabaría por triunfar. Las cuatro poblaciones más importantes de España: Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia, estaban al lado de la República. La España industrial era izquierdista; la España agrícola, derechista. La primera vencería a la segunda, creía yo.

Por lo que a mí personalmente se refería, se trataba de salir lo antes posible de la ratonera en que estaba metido.

Empezaba a sentirse la presión exterior. Un día, Do Rego, mi compañero de mesa en el comedor del hotel, me preguntó si ya me había presentado a las autoridades. Le contesté que mi reemplazo ni remotamente había sido movilizado todavía. Se quedó dubitativo: no le había convencido.

Los fusilamientos de Pérez Carballo, gobernador civil; del general Caridad Pita, y del general de la División, Salcedo, fueron tan monstruosos que no pudieron ser ocultados...

Se dijo que la mujer del gobernador civil, una francesa, que estaba encinta, había sido asesinada; se encontró su cadáver en la cuneta de una carretera en las afueras de la ciudad...

La prensa daba cuenta a veces de operaciones de limpieza. Leí que había sido fusilado el diputado socialista Rufilanchas, que se encontraba veraneando en algún lugar de Galicia...

Supuse que a mí también me llegaría la hora... Me horrorizaba morir en La Coruña... Pensé en el pequeño cementerio de Bonansa, mi pueblo natal, en la provincia de Huesca, en donde estaban sepultados mis padres... Hubiese querido estar a su lado en mi probable viaje a la región de las sombras...

Me sobraba tiempo, y leía intensamente. En una librería de libros viejos, que era mi base de aprovisionamiento, un día, en medio del mayor asombro, encontré un ejemplar de Las tardes del sanatorio, y este libro me llevó a Huesca, en donde fui estudiante de 1911 a 1914.

Había en Huesca entonces dos escritores, republicanos los dos. Uno se llamaba Luis López Allué, autor de dos o tres novelas y una colección de cuentos de sabor regional, en los que campeaban el humorismo y la ironía.

El segundo, Manuel Bescós, aunque licenciado en Derecho, raramente actuaba como abogado: era un industrial. Aficionado a la literatura, escribió una novela corta y varios cuentos, dando al conjunto el título de

Las tardes del sanatorio. Por razones personales, que él sabía, firmó el libro con un pseudónimo: Silvio Kosti. De Las tardes del sanatorio sólo se hizo la edición original, y el autor no tuvo ningún interés en reeditar el libro. Influenciado probablemente por Boccacio y la novela picaresca del Siglo de Oro, Manuel Bescós había producido una pequeña obra maestra. Era deliciosamente picante. En Huesca se decía que el autor había prohibido a sus hijas que la leyeran.

El encuentro de Las tardes del sanatorio, en una librería de viejo, en aquellos días aciagos, resultaba un poco irónico... Por canales insospechados y misteriosos, la Huesca de mi adolescencia venía a La Coruña a saludarme. La única sonrisa que floreció en mi espíritu en La Coruña la originó Las tardes del sanatorio, de Silvio Kosti. Su lectura me hizo olvidar unos momentos el drama que vivía; durante unas horas me calmó el dolor.

Empecé a pensar en Huesca, en donde había pasado los años más felices de mi primera juventud: la Escuela Normal, el Instituto, el Coso, las riberas de la Isuela; la Huesca de Baltasar Gracián, del conde de Aranda, de Joaquín Costa, del cacique liberal Manuel Camo... ¡Ah, si pudiese llegar a Huesca! Allí tenía amigos que quizá pudieran ayudarme...

Llegaba a La Coruña el diario de Zaragoza El Heraldo de Aragón. Entre líneas, me daba cuenta aproximadamente de cómo se iban perfilando los frentes. Huesca estaba a poca distancia del frente republicano. Huesca era para mí un imán...

A fines de agosto, una mañana leí en un diario local una nota concebida en estos términos:

«Se advierte a las personas que todavía no hayan sacado la cédula personal que tienen tiempo para hacerlo, con un recargo, hasta...» y se señalaba la fecha. A continuación se indicaba que la cédula podía obtenerse en las oficinas de la Diputación Provincial

En aquellos tiempos, la cédula personal era al mismo tiempo un documento de identidad y un impuesto; más lo segundo que lo primero. La cédula era obligatoria, pero muchos se abstenían de sacarla.

¿Y si yo intentara sacar mi cédula? - me pregunté -. Decidí arriesgarme.

Presentarme en las oficinas de la Diputación Provincial se me hacía un poco cuesta arriba. Estaban instaladas en la planta baja del mismo edificio del Gobierno Civil, en donde yo estuve dos veces unas semanas antes.

Fui allí, y dije al funcionario encargado del servicio de cédulas que deseaba obtener una. Me dio un formulario y lo llené. Al presentarlo, me hizo observar que necesitaba la firma de dos personas que acreditaran mi personalidad.

Le contesté que había llegado de Madrid la víspera de la declaración del estado de guerra, con el propósito de pasar un par de semanas de vacaciones en La Coruña, y no conocía a nadie. Escuchaba el diálogo un empleado de mayor rango que el que hablaba conmigo. Se aproximó e intervino en la conversación: -¿Está usted en un hotel? —me preguntó. - Sí, en el Hotel Centro Gallego.

- Pues que firme el formulario el dueño del hotel, y eso basta - dijo, añadiendo luego como comentario : ¡Esos militares!

El empleado que me daba facilidades para adquirir la cédula era un hombre de unos cuarenta años, alto, bien parecido. Por la exclamación espontánea que hizo, «¡Esos militares!», no cabía la menor duda: era un republicano. Y quizá intuitivamente comprendió mi situación difícil.

Se planteaba ahora el problema de que firmara el formulario, diciendo que me conocía, el dueño del hotel. ¿Firmaría? No estaba seguro. Decidí, si ello era posible, no hacer la prueba.

El hotel Centro Gallego era un hotelito de segunda clase. Muy limpio, las habitaciones eran pequeñas, aunque confortables. El recibidor del establecimiento se encontraba en el primer piso, cerca del comedor. A veces, me sentaba allí un rato, y observé que el dueño, cuando firmaba algún recibo, sacaba del cajón de la mesa un tampón y un sello de caucho, que una vez usados volvía a poner en el cajón, sin cerrarlo con llave.

Fui al hotel. Me senté en el recibidor de la mesa, simulando leer un diario. Tiré del cajón. Allí estaban el tampón y el sello de caucho. Saqué del bolsillo el formulario de la Diputación. Tomé el sello, lo mojé en el tampón, y lo estampé al pie del formulario. La operación no debió de durar más de diez segundos.

Subí a mi habitación, y allí, coa menos prisa, firmé: Ramiro Díaz. Ha sido la única vez en mi vida que he cometido una falsificación.

Regresé a la Diputación y me dieron la cédula. Me costó cara: pagué 70 pesetas. Gracias a ese impuesto, había hecho la transmutación: oficialmente, yo era ahora Joaquín Julió Ferrer.

Tenía un documento de identidad, y con él podía salir de La Coruña. ¿Adónde ir? Portugal estaba cerca. Pero en el supuesto de poder atravesar la frontera, que debía de estar muy vigilada, hubiera sido como meterme en otra ratonera. Ni pensarlo.

Creí que no convenía dar la impresión de que yo era un hombre que huía. Pensé en Huesca... ¡Iluso que yo era! Todos mis amigos oscenses, cuando hacía esos planes, ya habían sido fusilados...

Me dirigí a la estación para saber a qué hora salía el tren que podría llevarme a Medina del Campo-Zaragoza: a primeras horas de la mañana.

Juzgué prudente no comunicar al dueño del hotel, hasta última hora de la víspera de mi partida, que pensaba irme al día siguiente.

- Se me acaba el dinero - le dije -, y he decidido marcharme mañana a Valladolid, en donde tengo unos parientes...

Decía una mentira. Hay una máxima evangélica que dice: «La verdad os hará libres». Me sentía muy poco o nada evangélico entonces. Esa mentira tuvo posteriormente consecuencias que me favorecieron. Si no hubiese mentido, dudo que pudiera ahora escribir estos recuerdos.

El hotelero, muy cortés y hospitalario, como buen gallego, me contestó que podía continuar en el hotel indefinidamente. - Ya pagará cuando pueda - dijo.

Le di las gracias, pagué y me despedí de él, puesto que yo saldría del hotel, rumbo a Valladolid, temprano, al día siguiente.

Persuadido de que desaparecería en el viaje que iba a emprender, escribí una tarjeta postal a mi mujer y a mi hijo, como diciendo adiós... (Jeanne y Mario no supieron nada más de mí hasta ocho meses después.)

El 1.' de septiembre, como un náufrago agarrado a un pedazo de papel, Joaquín Julió Ferrer empezó a nadar hacia playas imaginarias...

III.De La Coruña a Zaragoza
En la taquilla de la estación de La Coruña, cuando pedí billete hasta Zaragoza, me dijeron que no podían dármelo más que hasta Medina del Campo.

El sistema ferroviario español estaba, en aquel tiempo, fraccionado en compañías distintas, y los billetes no siempre eran unificados.

- Pues billete hasta Medina del Campo - dije.

El viaje que iba a emprender iba a ser bastante más difícil que el gran viaje que realicé en mi primera juventud. Mientras, sentado en un banco de la estación, esperaba la hora de la salida del tren, rememoré mi viaje a Moscú, en mayo-junio de 1921, sin pasaporte...

Un excelente amigo de Lérida, Enrique Sarradell, industrial, me dio una carta de presentación para una persona de Seo de Urgel. Hice el recorrido de Lérida a Seo de Urgel - era a mediados de mayo- en el auto de línea. En el asiento delantero iba la pareja de la Guardia Civil.

El amigo de Sarradell, en Seo de Urgel, me dijo que pasar de España a Andorra era la cosa más fácil del mundo. Bastaba tomar asiento en la tartana, y, al llegar a la frontera, los carabineros mirarían el equipaje y me pedirían que les enseñase la cédula, y eso era todo.

- No llevo equipaje y no tengo cédula --le dije. - Yo le prestaré una...

Todo se desarrolló normalmente. Llegué a la capital de Andorra a media mañana, y, por la tarde, siguiendo el curso del Balira, me fui andando hasta el último pueblo de la República, Soldeu, al pie del puerto. En la posada pregunté si al día siguiente alguien podría acompañarme para pasar el puerto. Me dijeron que sí.

Salí con el guía después de comer, pues por la mañana el puerto había estado cubierto de niebla. Me extrañó que el guía no hablara en catalán, como los andorranos. Me dijo que era de Zaragoza. ¿Qué hacía allí aquel maño? ¿Contrabandista quizá?

Una vez en lo alto del puerto, de repente reapareció le niebla, y el guía vacilaba, no sabiendo hacia dónde ir. Cuando ya estábamos discutiendo si no sería más prudente regresar a Soldeu, un soplo de viento - fue como un milagro- barrió las nubes, y vimos el camino que había que seguir.

Estábamos en la cima del puerto, y ahora no había más que bajar por la otra vertiente, siguiendo el curso de un arroyuelo formado por el derretimiento de la nieve. Al anochecer llegué al primer pueblecillo francés. 'r un par de días después ya estaba en París, en donde Pierre Monatte, sindicalista de gran prestigio entonces, me dio una carta de presentación para el director de un periódico comunista que se publicaba en Metz, Alsacia. El amigo de Monatte me entregó una carta para un minero alsaciano del último pueblo francés. El minero, por la noche, me ayudó a atravesar la frontera, conduciéndome a Sarrebruck, la primera población alemana, con la indicación de que allí tomase un tren ómnibus hasta Colonia. En Colonia ya podía subir a un tren regular hasta Berlín.

En Berlín, la Embajada rusa me extendió un documento como inmigrante que regresaba a Rusia, y con ese documento subí a un barquichuelo en el puerto de Stettin, que me llevó a Reval-Tallín, la capital de Estonia. Desde Reval-Tallín a Petrogrado, y desde Petrogrado a Moscú.

El viaje había durado unas tres semanas. Sin papeles o con papeles falsos pude ir con relativa facilidad desde Lérida a Moscú. Con mi flamante cédula personal ¿podría ir ahora desde La Coruña a Huesca?

De ordinario, cuando viajaba en tren, buscaba un sitio en el que hubiese poca gente. Ahora iba a proceder al revés. Recorrí el vagón y me senté en un compartimento en donde había cuatro mujeres, de diferentes edades, pero jóvenes todavía. Saludé, y me instalé en un ángulo cerca de la portezuela.

Dije, con una sonrisa:

- No fumo...

- ¡Oh, es igual! - me contestaron con otra sonrisa.

Las mujeres hablaban entre sí de sus cosas, sin que yo pudiera meter baza en la conversación. Hice alguna pregunta discreta, y se inició una charla superficial. Me interesaba dar la impresión de viajero normal. Me dijeron que iban a León. Mejor dicho: regresaban a León. Habían estado en La Coruña durante unas semanas y volvían a reunirse con sus familias.

Hablamos de La Coruña.

- ¡Qué hermosa ciudad! - dijo una de ellas. -¿Más que León? - pregunté.

-¡Oh, sí! ¡Qué aburrida es León! - exclamó la más joven. - Vivir en León es morir un poco cada día... añadió otra. -¿Pues por qué no se han quedado en La Coruña? - pregunté. -¡Ah! - exclamaron, sonriéndose de una manera un tanto enigmática.

Dijeron que iban muchas mañanas a la playa de Riazor. En efecto, estaban muy doradas por el sol.

- Yo también iba casi todos los días a la playa de Riazor, y no las vi nunca... -dije, sonriendo.

- ¡Ah! - volvieron a exclamar, sonriéndose también.

Ya estaba establecida la relación. Eran simpáticas, y estaba en buena compañía.

En Orense, se introdujo en el compartimiento un hombre como de unos cincuenta años, delgado, alto, ligeramente encorvado.

Se puso a fumar, y, al cabo de un rato de conversación trivial, se animó y empezó a contar sus proezas. Dijo que formaba parte del equipo de limpieza, y que Orense ya estaba limpio ahora. Cada mañana, al hacerse de día, iba a la prisión, hacía formar a los presos, y señalaba: «Este, ése, aquél...» Los sacaba, y en las afueras de la ciudad, «los tumbaba patas arriba...».

Yo estaba horrorizado. Me entraban ganas de abalanzarme sobre él y estrangularlo. Fingí estar distraído, leyendo un periódico. Las mujeres escuchaban en silencio, con los ojos desorbitados.

El miembro del Sindicato Nacional de Asesinos seguía relatando sus proezas.

El suplicio, con interrupciones, duró un par de horas, hasta que el asesino se apeó en una estación intermedia y nos dejó solos.

Respiramos los cinco.

-¡Dios mío! - exclamó una de las mujeres -. ¿Ha oído usted? - dijo, dirigiéndose a mí.

-¡Ese individuo debe de estar borracho! - comenté, como no dando importancia a lo que acabábamos de escuchar.

-¡Estoy segura de que decía la verdad - afirmó una de ellas. Aquellas cuatro mujeres castellanas pensaban y sentían como yo. Ello me dio ánimos. No estaba solo.

Al llegar a León, las mujeres bajaron del tren. Las ayudé a descender el equipaje hasta el andén. Y nos separamos con una amable sonrisa.

Cuando momentos después regresé al compartimiento, encontré allí a otras dos mujeres. Las saludé con una inclinación de cabeza, y les ofrecí mi sitio, si una de ellas lo prefería.

Muchas gracias, sonrisas de cortesía, etc., etc.

¡Oh, la, la! - exclamé interiormente al verlas -. ¡El enemigo está en casa! - me dije.

Una de ellas, la mayor, llevaba una boina encarnada, de requeté. Tendría alrededor de veinticinco años. Delgada, más bien alta, morena, ni guapa, ni fea. La otra, menos de veinte años, morena también, cara redonda, más agraciada que la primera. Aunque diferentes, tenían rasgos parecidos.

- Son ustedes hermanas, supongo - dije para enhebrar la conversación.

Eran hermanas. La pequeña se sentó en un ángulo cerca de la ventanilla y se puso a leer una novela, edición barata. La mayor era una charlatana y quizá algo más. -¿Usted no lee novelas? - le pregunté.

- Alguna vez.

- ¿Ha leído, por ejemplo, algo de Palacio Valdés? - Quizá. No recuerdo.

- ¿Y de Pardo Bazán? - procuraba ir con tiento en mi exploración literaria, que no tenía otro objeto que neutralizar al enemigo.. .

- Tampoco. ¿Y usted los ha leído? - me preguntó ella algo bruscamente.

- A Palacio Valdés, sí, y algunas de sus novelas me gustan; a la Pardo Bazán también; pero ella no me gusta. -¿Por qué?

- Es una cuestión de orden moral.

- ¡Ah! - exclamó la «margarita», como confundida.

- ¿Usted cree que las novelas de la Pardo Bazán son inmorales?

- Las novelas, no; ella sí que lo era.

Había picado su curiosidad, y se quedó perpleja un momento. La miré fijamente a los ojos, y le dije:

- Parece usted una vampiresa... Está irresistible... Me sonrió espléndidamente.

En ese momento, por primera vez, desde que salí de La Coruña, pasó la policía, pidiendo documentación.

Al verme en animada conversación con una «margarita», ni tan siquiera quiso mirar la cédula que saqué de mi cartera. Hizo un gesto evasivo, y se dirigió al próximo compartimiento.

-¿Y por qué cree usted que la Pardo Bazán era inmoral? - preguntó la «margarita», al parecer intrigada.

- Por una razón muy católica: le gustaba tener amantes... Blasco Ibáñez, que era republicano y ateo, fue uno de ellos...

La «margarita» se quedó pensativa, y luego me preguntó:

-¿Está usted casado?

- Sí. ¿Y usted?

- No.

- Es usted una mujer cruel...

- ¿Por qué?

- Porque habrá hecho infelices a muchos hombres. Se sonrió espléndidamente de nuevo.

Mi compañía y mi conversación no le disgustaban.

La hermana pequeña seguía en el rincón ensimismada leyendo la novela.

El tren, ya en la llanura de Castilla, iba corriendo por entre rastrojos y barbechos.

Hacía calor. «Margarita» me propuso salir al pasillo. Salimos. La otra seguía leyendo.

Asomados a la ventanilla, para recibir el soplo del aire, yo le dije:

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:

tu acento,
Margarita, te voy a contar
un cuento,

Este era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes,

un quiosco de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita.
Margarita,
tan bonita como tú...

- ¡Qué lindo! ¿Son suyos esos versos?

Comprendí que «Margarita» era una ignorante. No sabía lo que cualquiera que hable en español y sea medianamente culto sabe: que esos versos son de Rubén Darío.

-¡Oh, no! No soy poeta.

-¿Qué hace usted?

- Traduzco para casas editoriales.

-¿A dónde va usted ahora?

-A Zaragoza. Soy aragonés.

-¿Y por qué no te apeas - me tuteó- en Valladolid? Pasaríamos la noche en el mismo hotel - dijo guiñando un ojo- y mañana, a primera hora, asistiríamos a los fusilamientos...

- Imposible. Mi mujer me aguarda en Zaragoza - le contesté. Mentía otra vez.

Me miró, despectiva, y soltó como un dardo insultante: -¡Rojo! - y se dirigió al compartimiento.

Seguí en el pasillo contemplando la inmensidad de la meseta, y pensando que los fusilamientos en masa se habían convertido
en un espectáculo patriótico...

Cuando el tren se detuvo en Valladolid, me hice el distraído, y puesto de espaldas, no vi bajar a mis compañeras de compartimiento.

Anochecía ya. El tren siguió hasta Medina del Campo, cuya estación estaba desierta. Pasé la noche en un hotel-posada contiguo a ella.

A la mañana siguiente, tomé el billete hasta Zaragoza. El tren normalmente tenía que salir a las 9; pero llegó con gran retraso, procedente de Salamanca.

Yo estaba en el andén de la estación, completamente solo. Los ferroviarios me miraban con una mezcla de asombro y extrañeza.

¿Quién será ese tipo? - debían de preguntarse -. Pues ese tipo era simplemente Joaquín Julio Ferrer.

Por fin, llegó el tren, compuesto de tres vagones: uno de viajeros y dos de mercancías. Me introduje en un compartimiento en el que había cuatro o cinco personas, todos hombres. Uno de ellos, muy hablador, decía que él era profesor en el Instituto de Santander, y que los acontecimientos le habían separado de su familia. No teniendo edad militar, no veía por qué las autoridades no le habían permitido reunirse con los suyos... Era un gran optimista, por lo visto. De su optimismo me llegó una chispa a mí. Tampoco yo estaba en edad militar, y deseaba reunirme con mi familia. Por eso me dirigía a Huesca.

Hubo que cambiar de tren en Miranda de Ebro. A partir de allí, la policía pasaba con frecuencia por los compartimientos, pidiendo papeles. Yo exhibía mi cédula personal, y todo iba como una seda.

En la estación de Logroño, compré el diario de Zaragoza «Heraldo de Aragón». Miré la sección de anuncios, y vi el nombre de una pensión en el Coso, que, si no recuerdo mal, era Pensión Navarro-Aragonesa. Me pareció más prudente dirigirme a una pensión modesta que a un hotel. Supuse que el control policíaco sería menos intenso.

El tren, a lo largo del valle del Ebro, se paraba en todas las estaciones y se iba arrastrando perezosamente. Llegó a Zaragoza ya completamente de noche: serían algo más de las 9. Me dirigí a pie a la Pensión Navarro-Aragonesa, y, una vez allí, dije a la dueña que no sabía si permanecería varios días en Zaragoza o si tendría que marcharme al día siguiente.

- No depende de uní - dije, haciéndome el interesante.

Llené la hoja de identificación y enseñé la cédula.

Cené y salí a la calle. En una plazuela, había un café al aire libre, con mucha animación: militares, falangistas y requetés, principalmente.

Sentado en una tal compañía, pensé en las personas que conocía en Zaragoza.

Manuel Marraco, industrial, que fue ministro de Hacienda con Lerroux. Cuando yo tuve relación político-amistosa con él, no era lerrouxista. Su republicanismo entonces era costista-regionalista. Ayudaba a la publicación de un semanario titulado «Ideal», en el que yo escribía en mis años mozos. La primera vez que entré en el Congreso, cuando era soldado en Madrid, el año 1919, fue gracias a un pase que me proporcionó Marraco, diputado republicano por Zaragoza. Después no tuve ninguna otra relación con él.

Cuando, durante la República, se hizo lerrouxista, me sonrió con cierto desdén... En uno de los Gobiernos de Lerroux, una vez, hubo tres amigos personales míos: Manuel Marraco (Hacienda), Diego Hidalgo (Guerra) y José Estadella, de Lérida (Trabajo).

Otro amigo era José Jarne Peire, de Huesca, donde le conocí cuando yo era estudiante. Formábamos parte del grupo que publicaba el periódico «Talión». Obrero, era muy inteligente y escribía con una cierta facilidad de pluma. En Zaragoza, dirigía un periódico consagrado a las cuestiones agrarias.

Y otro era Venancio Sarría, diputado a Cortes, de Izquierda Republicana. Fue el eje del republicanismo zaragozano desde la segunda década del siglo hasta el 18 de julio de 1936.

Finalmente, José Ayala Larda, republicano, empleado, fue soldado conmigo en el cuartel de la Montaña.

Ni remotamente se me acudió pensar en ir al encuentro de ninguno de ellos. Marraco, descartado, naturalmente. En cuanto a Jarne, Sarría y Ayala Lorda... ¿se habrían salvado? No se salvaron: los tres fueron fusilados.

Otra reflexión que me hice en el café al aire libre, esa noche del 2 de septiembre de 1936, y que sigo haciéndome 36 años más tarde: ¿cómo fue posible que Zaragoza, de gran tradición liberal, y cuyo movimiento obrero, ciento por ciento C. N. T., era muy fuerte, cayera en poder de los militares sin lucha, por decirlo así? En Zaragoza ocurrió lo mismo que en La Coruña: a la ineptitud republicana se unió la incapacidad política de la clase trabajadora.

Con la excepción de Barcelona, en donde otras fuerzas coadyuvaron -Esquerra y P. O. U. M-, allí donde el movimiento obrero era preponderantemente anarcosindicalista - Zaragoza, La Coruña, Sevilla y Huesca -, la sublevación militar triunfó con una relativa facilidad.

Es un hecho cierto, y creo que vale pena que sea examinado cuidadosamente por los que estudien con objetividad histórica la participación o no participación del movimiento obrero en los acontecimientos de julio de 1936.

Regresé a la pensión hacia las doce, decidido a salir de Zaragoza, hacia donde fuese, el día siguiente.

Al levantarme, después de desayunar, me dirigí a la patrona:

- Como le dije anoche, no sabía al llegar si me quedaría aquí unos días o me iría hoy. Tengo que marcharme hoy mismo. De modo que le voy a pagar.

Sacó del cajón de la mesa unos papeles para anotar mi salida, y vi que aún estaba allí la hoja de identificación que había llenado y firmado la noche anterior.

Me dirigí a la estación del Norte, y pregunté a qué hora salía el primer tren hacia Huesca.

- No hay trenes para Huesca - me contestaron en la taquilla -. Sólo sale de aquí un tren que va a Jaca. - Pues déme billete para Jaca.

¿A qué iba yo a Jaca? No lo sabía.

IV. Jaca


Cuando a comienzos del siglo se perforó el túnel de Canfranc, que sería el tercer enlace ferroviario de España con Francia, en Huesca se produjo una gran agitación porque la línea férrea iría directamente de Zaragoza a Canfranc sin pasar por Huesca. Los conservadores oscenses - su jefe se llamaba Carderera - achacaban ese «insulto» a Manuel Camo, el cacique liberal de la provincia. Probablemente, Camo no tuvo ninguna intervención en los planes de los ingenieros que hicieron el trazado de la línea. Por lo demás, era natural que la línea no se torciera para dar satisfacción a una ciudad provinciana: entonces Huesca tenía unos 13.000 habitantes.

Si los adversarios de Camo -Carderera al frente- hubiesen conseguido que la línea férrea de Zaragoza a Canfranc pasara por Huesca, el 3 de septiembre de 1936 Joaquín Julió Ferrer no habría podido salir de Zaragoza. Y en Zaragoza, yo no tenía otra salida que echarme de cabeza al Ebro...

Afortunadamente, el tren iba de Zaragoza a Canfranc, y tomé en él asiento para Jaca.

El tren, que salió con algún retraso, se paraba en todas las estaciones del trayecto sin ninguna prisa por reanudar la marcha. Yo sabía que me iba aproximando al final de mi viaje, y tampoco tenía prisa.

En el compartimiento en el que me instalé había una joven que iba acompañada de una niña, hermana suya, y dos hombres, uno de los cuales, muy hablador, dijo que era viajante de comercio.

La joven, de unos veinte años, muy simpática y risueña, nos explicó que era de Ayerbe y que había ido a Zaragoza a hacer un voto a la Virgen del Pilar para que le salvara a su novio, que había sido movilizado y se encontraba en el frente.

-¿En qué frente?- le preguntó el viajante de comercio.

- No lo sé. Cuando me escribe, pone la fecha, pero no el lugar donde se encuentra.

- Supóngase - siguió el viajante- que su novio, en el frente o en la retaguardia, conoce a una cantinera que le atrae, se enamora de ella y la deja a usted...

- Pues en ese caso, quedaría sin efecto el voto que he hecho a la Pilarica, y me buscaría otro novio...

El pragmatismo de la muchacha nos chocó a los que la escuchábamos. Desde luego, no era una romántica.

La novia pragmática y su hermanita se apearon en Ayerbe, y quedamos solos en el compartimiento el viajante de comercio, el otro hombre, que parecía mudo, y yo.

Por decir algo y enhebrar la conversación con el viajante, recordé que Ramón y Cajal pasó su infancia y mocedad en Ayerbe... Tenía él una vaga idea de quién fue Ramón y Cajal. Es aterrador ver cómo una generación olvida fácilmente a la generación anterior.

Cuando el tren se puso en marcha, le dije que yo iba a Jaca, en donde no había estado nunca, y le pregunté si sabía cuál era el hotel más recomendable.

- Hay un hotel de primera y una fonda, la Fonda de España, a la que yo voy cuando paso por Jaca. Muy buena gente. Si usted va allí, quedará satisfecho. Puede decir que yo se la he recomendado - y me dijo su nombre.
El viajante de comercio bajó en Sabiñánigo; del otro viajero no recuerdo qué fue de él, y quedé solo en el compartimiento.

Empezaban a caer las sombras de la noche. El tren iba aproximándose a Jaca.

A Jaca le dio nombre a comienzos de siglo un obispo. Se llamaba Antolín López Peláez. Escribía libros y era un gran orador sagrado. Siendo estudiante en Huesca, intenté leer alguno de sus libros; mas no estaban hechos para mí. Me aburrían. Pero oí un sermón suyo en la iglesia de la Compañía de Jesús en Huesca. Entre los asistentes vi a los jefes liberales: Batalla y Mairal. Yo tenía dieciséis años entonces. El obispo de Jaca, en el púlpito era imponente: tenía presencia, voz, gesto y era elocuente. Habló de la Religión, de la Ciencia y de la Libertad. Era un obispo liberal. Fue senador y nombrado arzobispo, creo que de Tarragona. Jaca, sin el obispo que le daba nombre, cayó en el olvido, en donde estuvo sumergida hasta diciembre de 1930, cuando el regimiento allí destacado se sublevó al grito de ¡Viva la República! Los dos capitanes que planearon y dirigieron la sublevación, Fermín Galán y García Hernández, tan idealistas como atolondrados, procedieron a la manera de los militares liberales del siglo pasado - el «pronunciamiento»-, fracasaron y fueron fusilados. Pero su gesto romántico produjo un terremoto en toda España, y socavó las bases de la Monarquía. La proclamación de la República cuatro meses más tarde fue el eco político de la sublevación de Jaca. Para el régimen republicano, Jaca era una ciudad sagrada. De hecho, fue la cuna de la República.

El 18 de julio de 1936, Jaca se había sublevado de nuevo. Esta vez contra la República...

El tren llegó a Jaca ya completamente de noche. De la estación, algo apartada, había que ir a la ciudad en tartana. Los carabineros pedían a los viajeros papeles de identidad. Yo enseñé mi cédula personal.

La Fonda de España, al final de la calle Mayor, tenía una entrada amplia por la que podían penetrar los vehículos. Por el espacioso zaguán parecía una vieja posada de carreteros. Al subir al primer piso, la apariencia cambiaba por completo. En primer lugar, había una sala-recibidor, y, al fondo, el comedor. Los dormitorios, en el segundo piso.

Me presenté diciendo que un viajante de comercio - mencioné el nombre- me había recomendado la Fonda.

Una mujer joven y alta - se llamaba Josefina- me dijo:

- Primero, llene la hoja de identificación.

Llené la hoja: Joaquín Julió Ferrer, natural de Bonansa, provincia de Huesca; casado; oficio: traductor literario, procedente de
La Coruña. Cédula personal número tal.

Josefina - era la esposa del hijo del dueño de la fonda - leyó detenidamente la hoja, me dijo el número de la habitación y pasé al comedor. Mesa grande, de fonda. Me correspondió sentarme al lado de un comandante. Le dirigí la palabra por razones de cortesía -«por favor, sírvase usted primero», etc. y él contestó cortésmente. Me pareció que tenía acento catalán. Después supe que había podido evadirse de Lérida, en donde el P. 0. U. M. venció a los militares. Se llamaba Jordi de apellido: el comandante Jordi.

Entraba y salía del comedor, dirigiendo a las sirvientas, una joven de unos veinte años, agraciada, delgada, morenita.

Terminada la comida, salí al recibidor, y vi sentada sola a una joven. Le dirigí la palabra y me contestó muy amablemente. Era bonita, de ojos muy hermosos y gran cabellera negra. Se llamaba Rosario. Me dijo que era sobrina del dueño de la fonda, y que sus padres estaban en Huesca, de donde ella había salido poco antes del 18 de julio, para pasar el verano con sus parientes de Jaca.

-¿Y dejó a su novio, un militar quizá, en Huesca? - le pregunté en broma.

Hizo un gesto evasivo, y me dio a entender que no le atraían los militares.

Estábamos ya en animado diálogo, cuando se sentó a nuestro lado, con una sonrisa de saludo, la joven que había dirigido el servicio en el comedor momentos antes. Se llamaba María. Era hija del dueño, viudo, y hermana del marido de Josefina. Rosario y María, aproximadamente de la misma edad, eran primas.

Hablando los tres, transcurrió la velada. María era una de las mujeres más listas que yo haya conocido. Se dio cuenta en seguida de que me encontraba en una situación difícil. Se había educado en un colegio de Francia y tenía una instrucción superior a la de la generalidad de las muchachas de la clase media española en aquel tiempo. Dijo que le gustaba leer, y leía, si tenía tiempo.

- Le voy a dar un libro que tal vez le guste - le dije. En mi maleta llevaba unos cuantos libros neutros. Uno de ellos, adquirido en la librería de viejo de La Coruña, era el relato que Georgette Leblanc hizo de su vida con Maeterlinck.

- ¿Qué libro? - preguntó con curiosidad.

- Es un libro de anécdotas muy curiosas - dije, y les relaté cómo Maeterlinck - María sabía quién fue Maeterlinck; Rosario, no- después de escribir La vida de las abejas, dejó morir de hambre y de frío a las abejas que le habían servido para escribir su obra.

-¡Oh! - exclamaron, apesadumbradas, María y Rosario.

Esa noche, por primera vez en cerca de dos meses, dormí ocho horas de un tirón. Me levanté casi optimista.

Bajé al comedor, y, después de desayunar, María me dijo muy en serio:

- Ahora irá usted a la Comandancia Militar, y preguntará por el comandante Pareja. Le recibirá. Dígale que ha venido a Jaca con el propósito de comunicarse con su familia...

La miré fijamente a los ojos, y dije dubitativamente: - Pero...

Ella no me dejó continuar, diciendo secamente: - Haga lo que acabo de decirle.

-¿Me lo manda usted?

- Se lo ruego: hágalo - y desapareció.

¡A la Comandancia Militar! ¡A entrevistarme con el comandante Pareja! ¡Vaya lío!

Más tarde supe que el comandante Dionisio Pareja había sido el alma de la sublevación del regimiento de guarnición en Jaca, y que en los meses que siguieron a la insurrección era él la primera autoridad de la población.

Me dirigí a la Comandancia Militar. El cuartel, nuevo entonces, estaba situado hacia las afueras de la ciudad. Al llegar a la puerta, me paró el centinela, preguntándome qué deseaba.

- Desearía hablar con el comandante Pareja.

El centinela llamó al cabo de guardia, al que volví a expresar mi deseo. El cabo se comunicó con el sargento, el sargento con el teniente, y fui invitado a entrar en un despacho, en la planta baja.

Sin más trámites fui introducido ante un comandante: un hombre de unos cuarenta y cinco años, corpulento, moreno. -¿Comandante Pareja? - pregunté, saludando. -¿Qué desea?

Me apresuré a enseñarle mi cédula personal. Le dije que los acontecimientos me habían separado de mi familia y que deseaba ponerme en contacto con ella.

-¿Dónde está ahora su familia?

- En Bonansa, partido de Benabarre.

- Esa zona de la provincia -dijo- está ocupada por el enemigo. Pero puede usted escribir a su familia; le haremos llegar la carta.

- Muchas gracias.

Viéndolo bien dispuesto, me atreví a ir un poco más lejos. - No estando en edad militar, ¿podría reunirme con mi familia?

- No - dijo secamente -. Si usted lo intenta, será bajo su responsabilidad.

- En ese caso, voy a escribirles.

- Puede usted escribir a su familia, y la carta seguirá su curso a través de Francia.

Le di las gracias, y me despedí, dirigiéndome a la Fonda de España. Desde lejos, vi en el balcón del primer piso a María. Subí, y ella vino a mi encuentro.

-¿Fue usted a la Comandancia? - preguntó. - Fui.

-¿Y se entrevistó con el comandante Pareja?

- Sí - y le dije aproximadamente cómo se había desarrollado la entrevista.

- Está bien - dijo sin añadir ningún comentario, yéndose a sus quehaceres.

Aquella tarde, ligeramente aliviado, la consagré a recorrer un poco la ciudad. Apenas se veían hombres en las calles. Los jóvenes habían desaparecido por completo: huyeron, fueron movilizados o estaban presos.

Se respiraba un ambiente general de tensión.

Jaca tiene su calle Mayor que, a la manera provinciana, se animaba de 7 a 9 de la tarde; la catedral y un parque-jardín en las afueras. Entré en la catedral: la encontré pobre, triste y apagada: no me interesaba. Lo que sí me encantó de veras fue el parque-jardín. Daba la impresión de ser relativamente nuevo. Topográficamente, era un paseo. Al final había un mirador que denominaban el Rompeolas. El panorama que desde allí se divisaba era majestuoso: los Pirineos en frente, y hacia la izquierda, al fondo, como un enorme pedestal geológico, la peña Uruel.

Había en el parque muy poca gente, paseándose o sentada. Me llamó la atención una pareja, marido y mujer sin duda, de edad más bien avanzada, que al verme pasar me miraban con cierto interés. En vez de apartarme, volví a pasar por delante de ellos, y siguieron mirándome como sólo se mira a alguien a quien se conoce. Eso me extrañó.

Por la noche, a la hora de cenar, en el comedor de la fonda, vi a la pareja. Me sonrieron, y yo les contesté con otra sonrisa.
Después de la cena, se reanudó la tertulia del día anterior en la antesala: Rosario, María y yo.

- Hay en la fonda - dije dirigiéndome a María- un matrimonio que me saluda y sonríe como si me conociese. Y yo ni remotamente sé quiénes son ellos.

- Ya me han hablado de usted. Son de Huesca. Dice que se parece usted mucho a Carderera.

- Es posible - dije -. Pero que yo sepa, mi padre nunca estuvo en Huesca cuando era joven.

María comprendió en seguida la ironía de mi comentario.

Después de todo, que yo, físicamente, me pareciese a un conservador de Huesca no me perjudicaba.

Como el día anterior María y Rosario se habían interesado por el relato que Georgette Leblanc hizo de sus amores y desventuras con Maeterlinck, di un giro a la conversación, y dije:

- Estando en La Coruña, hace unas semanas, en un puesto de libros viejos encontré una novela de un escritor de Huesca, de comienzos de siglo...

-¿De López Allué? - me preguntaron las dos.

- No de López Allué, sino de Silvio Kosti, pseudónimo de Manuel Bescós.

Nunca habían oído hablar de Silvio Kosti o Manuel Bescós. No era extraño. Bescós perteneció a la generación anterior y su destello literario fue breve como un relámpago.

- La novela -continué- se titula Las tardes del sanatorio. Si quieren, se la resumo. Pero les prevengo que tal vez sea para ustedes un poco inmoral...

- No importa - contestaron a una.

El cuento, inmoral si se quiere a comienzos de siglo, lo era menos en 1936. María y Rosario no se ruborizaron y se rieron mucho.

Náufrago, creía haber llegado a una isla de salvación posible. Nadie me conocía ni podía sospechar de mí. Es más: me parecía a Carderera...

Ahora bien, mi objetivo no era esperar indefinidamente, sino reunirme con los que luchaban por la Libertad. Había llegado de La Coruña a Jaca - alrededor de mil kilómetros -. ¿Podría recorrer ahora, finalmente, el trecho que me separaba de los míos? Había que intentarlo.

Al día siguiente, mientras me dirigía al mirador del Rompeolas, creí observar que detrás de mí, a una cierta distancia, iban siguiéndome dos hombres. Continué a mi paso normal, y oí un ¡chist! ¡chist!

Me di la vuelta, y los dos hombres me invitaron a que me parara. Me detuve, y vi en seguida su facha de policías.

-¿Quién es usted? ¿A qué ha venido a Jaca? - me preguntó uno de ellos.

-¿Y ustedes quiénes son? - repliqué yo secamente.

Como dos autómatas, los dos levantaron la solapa de su americana, enseñando la insignia de policía secreta.

Saqué de mi cartera la cédula, se la enseñé, y les dije bruscamente:

- En cuanto al motivo de mi estancia en Jaca, no tengo necesidad de exponérselo. Vayan ustedes a preguntárselo al comandante Pareja.

- Usted perdone, señor. Saludando fríamente, se alejaron.

No, Jaca no era la isla que me había imaginado. De momento, gracias al consejo que me diera María, había parado cl golpe. Pero era evidente que la policía ya empezaba a sospechar de mí.

Decidí que debía recorrer el último trayecto de mi largo viaje sin pérdida de tiempo. Salir de Jaca y aproximarme al frente, que, por lo que había leído en los diarios de Zaragoza, corría a lo largo del río Gállego, en la parte superior de su curso.

Para salir de la ciudad se necesitaba un salvoconducto, que se extendía en el Ayuntamiento.

Fui al Ayuntamiento, en la calle Mayor. Y en la planta baja, que es donde despachaban los salvoconductos, me dirigí al equipo civil que los extendía.

- Desearía ir a pasar dos o tres días a Panticosa - dije, enseñando la cédula -.

¿Podría tener un salvoconducto?

-¿Dónde está usted hospedado, y quién lo conoce? - me preguntaron.

- En la Fonda de España. Me conocen los dueños y también el comandante Jordi - contesté con un poco de atrevimiento.

Lo que yo ignoraba: el comandante Jordi era el militar encargado de firmar los salvoconductos.

Los tres hombres que estaban sentados a la mesa se miraron, interrogándose, y uno de ellos - igual que el funcionario de la Diputación de La Coruña, días antes- hizo un gesto, como diciendo: adelante. Escribieron mi nombre en un salvoconducto, y me lo entregaron. Vi que estaba firmado por el comandante Jordi.

Me dirigí al lugar donde paraban los autos de línea que iban a Biescas-Panticosa, pedí billete, enseñé mi salvoconducto y me reservaron asiento.

Fui a la Fonda, encontré a María en el recibidor, y le dije con gran calma:

- He decidido ir a pasar dos o tres días a Panticosa; ya tengo el salvoconducto y el asiento reservado.

María me dirigió una mirada interrogativa; estoy seguro de que intuía mi pensamiento, y se limitó a decir: - Es una región muy pintoresca.

Pagué el hospedaje, me despedí y fui a tomar el auto de línea rumbo a Panticosa.

V.La caída
El auto de línea salió de Jaca a primeras horas de la tarde. Estaba lleno: hombres, mujeres y un cura. Todos estaban excitados. Hablaban, y yo, haciéndome el distraído, escuchaba. El cura era el más hablador: decía que «los rojos» - ya empezaba a emplearse esa palabra- se encontraban al otro lado del Gállego.

El autobús no se paró hasta llegar a Biescas, población situada a orillas del Gállego. En Biescas había mucha gente armada y de uniforme: carabineros, guardias civiles y jóvenes con camisa azul y correaje.

Después de una breve parada, el autobús siguió hacia el norte, bordeando el Gállego, que corría encajonado por un cauce estrecho y profundo. Los viajeros iban bajando en los pueblos del trayecto. Bajó también el cura.

Al atardecer, el autobús llegó al pueblo de Panticosa. Pedí hospedaje en la única fonda del lugar, y allí encontré menos formalidades que en Jaca. La posada estaba prácticamente vacía. Sólo había una señora con dos niños.

Dijo que era de Zaragoza y que se encontraba allí porque su marido, médico movilizado, había sido apresado por los republicanos - no empleó la palabra «rojos». Me pareció adivinar un drama. La señora, por su parte, me miraba con cierto recelo. Debí de parecerle un pájaro raro. Como el margen de conversación era muy limitado, después de la cena, pretextando cansancio, me fui a mi habitación. El silencio durante la noche era absoluto.

Ni los grillos se atrevían a quebrantarlo. Sin embargo, apenas logré dormir.

Al día siguiente, moviéndome como un turista, salí a las afueras del pueblo, deseoso de estudiar el panorama. No se veía a nadie en los campos.

Yo nací en un pueblo de los Pirineos, y crucé la montaña varias veces, yendo y viniendo de Francia, con una relativa facilidad. Pero aquí la cordillera es altísima y escabrosa. Tuve la impresión de que me había metido en una ratonera. No había salida.
El segundo día, decidí ir al balneario, situado a unos tres kilómetros del pueblo. Fui a pie. La carretera bordeaba un ruidoso riachuelo que corría por una estrecha garganta.

Al llegar al balneario me paró una pareja de la Guardia Civil, y me pidió la documentación. Enseñé mi salvoconducto.

Topográficamente, el balneario de Panticosa es uno de esos prodigios de la naturaleza formados por el derretimiento lento, durante milenios, de un glaciar. Es un hoyo, con un laguito en el fondo, del que arranca el riachuelo. Por todas partes, montañas cortadas a pico, inaccesibles.

Si yo había soñado que quizá pudiera perderme en los bosques y pasar a Francia, me había equivocado. Mi primera intención era instalarme en el balneario y confundirme con los bañistas y turistas. ¡Iluso! No había bañistas. El balneario estaba cerrado. El único turista era yo.

Di una vuelta por los alrededores. No había transcurrido una hora desde mi llegada cuando la Guardia Civil vino a mi encuentro, diciéndome:

- Vamos a proceder a su detención.

- ¿Por qué? - pregunté -. He venido con salvoconducto. - Nos infunde sospechas.

Quedé detenido. Después de cachearme, me encerraron en una habitación del balneario. En la puerta quedó de guardia un paisano joven, con gorro militar.

Al cabo de un rato manifesté deseos de ir al W.C., y el joven guardia no puso inconveniente y me acompañó. No vi en él ninguna hostilidad hacia mí. Le dije, para ver cómo reaccionaba:

-¡No sé por qué me han detenido!

El joven guardia me explicó que el día anterior había habido un tiroteo en los alrededores del balneario y que había sido herido un guardia civil, como queriéndome dar a entender que los guardias estaban muy excitados.

En la habitación había un aparato de radio, y pregunté al joven guardia si podía usarlo. Me dijo que sí.

Lo puse en marcha, y fui seleccionando emisiones hasta oír una estación que decía: «¡Aquí los Aguiluchos de la F.A.I.!» Me emocioné, y casi me entraron ganas de llorar.

La F. A. I., tan obtusa políticamente durante los años de plasticidad democrática, tan responsable de los males que ahora experimentaba España, luchaba por la democracia y la República. Interiormente exclamé: «¡Viva la F.A.I.!»

Tuve la intuición de que el P. O. U. M. y la C.N.T.-F.A.I. habían superado las divergencias y luchaban juntos por la causa de la Libertad. No me equivocaba. El frente de Aragón, en la provincia de Huesca, lo defendían las juventudes del P. 0. U. M. y de C. N. T. - F. A. I. Yo me había aproximado a esos luchadores, pero finalmente caí. Políticamente, yo había muerto. Se trataba ahora de salvar la vida, dignamente, sin humillación.

A la mañana siguiente, una pareja de la Guardia Civil me invitó a tomar asiento en un automóvil.

Llegamos a Jaca hacia las 10 de la mañana. El coche se paró delante del cuartel, y fui conducido al mismo despacho en el que cuatro días antes había hablado con el comandante Pareja.

Este salió de un despacho interior, me miró, reconociéndome, y, sin decir una palabra, volvió a la habitación de donde había salido.

Me tomó declaración un capitán, herido, que se movía con muletas. Fue correcto. Le expliqué lo que había dicho antes al comandante Pareja. No me pareció que el capitán-juez diera una importancia especial a mi caso, ni a mi situación. Yo, Joaquín Julió Ferrer, natural de Bonansa, provincia de Huesca, residente en Madrid, me encontraba en La Coruña como turista el 18 de julio, y había venido a Jaca para ver si podía establecer contacto con mi familia. Había ido a Panticosa como simple turista...

Terminada la declaración, fui conducido a un coche, en donde había otro paisano, y custodiados los dos por una pareja de la Guardia Civil fuimos llevados a la prisión de Jaca.

VI.En la prisión de Jaca


Exteriormente, la prisión de Jaca da la impresión de un edificio cualquiera. Está situada en la calle de Ramón y Cajal, cerca de la administración de Correos, en el centro de la ciudad. Debió de ser eso: un edificio cualquiera, que fue transformado en prisión. El edificio está pegado a una torre, en la que se encuentra el reloj que oficialmente marca el tiempo a la ciudad. Para subir a la torre a dar cuerda al reloj hay que entrar en la prisión.

En tiempos de paz, la prisión de Jaca albergaba, cuando más, a media docena de presos comunes. Había dos departamentos en el segundo piso: uno para los hombres y otro, más pequeño, para las mujeres. En el mismo piso estaba también la capilla.

En el primer piso había tres habitaciones, dos de las cuales y una cocina formaban la residencia del jefe de la prisión. La tercera, era la oficina.

En el patio había un lavadero y un fogón.

La plantilla de la prisión la formaban Federico Ramos, catalán, que era el jefe; Ricardo Campo, aragonés, y José López Valdivieso, castellano. El jefe, don Federico, era un hombre de aspecto huraño; don Ricardo daba la impresión de hombre frustrado; don José, jovial, atento, inspiraba confianza.

La normalidad de la prisión se alteró totalmente a partir del 18 o el 20 de julio. Donde antes había media docena de presos, ahora se amontonaban doscientos, quizá trescientos. Primeramente, se utilizaron las habitaciones del jefe en el primer piso, y la capilla, en el segundo. Pero ese espacio no era suficiente. Hubo que habilitar los rellanos de la torre del reloj y el palomar, situado en lo más alto de la torre. Las palomas se desbandaron.

Para «proteger» la prisión y ayudar al jefe y a los dos oficiales, la autoridad militar encargó de este servicio al cuerpo de Carabineros.

Yo entré en la prisión el 8 de septiembre hacia la una de la tarde. Conmigo iba otro detenido, joven, campesino.

Fuimos conducidos a la oficina. Sentado a la mesa, se encontraba un joven carabinero de aspecto simpático. Miró los papeles oficiales que la Comandancia Militar había entregado a la pareja de la Guardia Civil que nos condujo, y preguntó:

-¿Son ustedes parientes?

- No.

- Como los dos se llaman Ferrer de apellido - dijo el carabinero mientras tomaba la filiación.

Terminada la inscripción, el carabinero me condujo a la capilla. Era una habitación cuadrada, que tendría unos cinco metros de lado. Los presos estaban sentados sobre sus petates enrollados contra la pared. Saludé con una inclinación de cabeza y un «¡Buenas tardes!». Había gente de todas las edades: jóvenes y viejos, aunque predominando los hombres de edad madura. Daban la impresión de pertenecer a la clase media.

La capilla, en cierto modo, era el departamento de los presos «distinguidos».

A media tarde, hizo su aparición el oficial Ricardo Campo, y preguntó:

-¿Joaquín Julió Ferrer?

- Presente.

- Tome sus cosas - no tenía más que una maletita - para pasar a otro departamento.

Y me condujo al departamento general, en el mismo piso, separado del pasillo por una doble cancela. La primera impresión fue la de un latigazo de vaho irrespirable. Había allí amontonadas un centenar de personas. Sólo un par de ventanas servían de respiradero. En un rincón estaba el W. C.

Aunque sólo era media tarde, la atmósfera era densa, opaca: las personas parecían sombras.

Miré si había un pequeño espacio libre: todo estaba ocupado.

La primera reacción de los presos, al entrar un desconocido, oscilaba entre el deseo de ayudar y la desconfianza.

Algunos presos me hicieron preguntas, siempre muy discretas, y yo procuré contestar en la misma forma. Yo me llamaba Joaquín Julió Ferrer, y había sido detenido en el balneario de Panticosa. '

- Yo también me llamo de apellido Ferrer - dijo un muchacho de unos dieciséis años.

- ¡A lo mejor somos parientes! - comenté, con una sonrisa.

El era un «afortunado»: tenía petate en uno de los ángulos de la nave y me ofreció la mitad de su yaciga. Yo era el hombre de la suerte...

La prisión albergaba a unas trescientas personas.

En el departamento de mujeres, un cuchitril alargado, con dos pequeños ventanillos, había unas treinta presas.

Hombres y mujeres estaban hacinados. Y cada día había nuevos ingresos.

Se tenía una idea aproximada de la población penal - frase oficial- a la hora del paseo. Los hombres salían al patio un par de horas por la mañana y otras dos por la tarde. Las mujeres sólo una vez, dos horas, al comienzo de la tarde.

Cuando llegaba la hora del paseo, la escalerilla de la torre empezaba a chorrear gente, que con los presos del departamento general y los de la capilla, llenaba completamente el patio.

La mayor parte eran campesinos y obreros. Luego venía la clase media: comerciantes, secretarios de ayuntamiento, maestros, médicos, empleados. Todos, fabricados de la mejor madera de que se puede hacer al hombre.

Desde niño, yo he sentido una sincera devoción por la gente que trabaja.

Pero sólo viviendo con el pueblo trabajador en la cárcel durante largos años pude darme cuenta exacta de su nobleza, de su dignidad y de su heroísmo.

La prisión de Jaca fue mi mejor observatorio.

Políticamente, los presos de Jaca eran republicanos, socialistas y cenetistas. Todos eran de Jaca o de los pueblos vecinos y estaban identificados. El único forastero era yo, Joaquín Julió Ferrer.

Durante los primeros días, cuando salíamos al patio, observé que al balcón de la oficina se asomaban personas que me miraban insistentemente: el jefe, don Federico; el médico forense encargado de la asistencia a los reclusos y un fraile capuchino, «confesor» de los presos, llamado Padre Hermenegildo de Fustiñana.

Creía imposible que mi incógnito pudiera mantenerse indefinidamente, ¿No habría entre los presos quien me conociera personalmente, o por haber visto mi fotografía en la prensa?

En septiembre de 1936 se estaba en los comienzos de la guerra civil. Se habían declarado por la República las cuatro ciudades más importantes: Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia, y todos estábamos persuadidos de que la República acabaría por triunfar. Y esa fe nos animaba.

Había habido fusilamientos en agosto. Pero hacía unas semanas que reinaba la calma.

Los presos no podían recibir visitas ni correspondencia de sus familiares. Incomunicación rigurosa. Sin embargo, había una infiltración permanente de noticias acerca de la marcha de la guerra. El funcionario del Ayuntamiento que subía todos los días a la torre a dar cuerda al reloj municipal resumía a los presos, localizados en los rellanos de la torre, la marcha de los acontecimientos. Los presos que ingresaban eran otra fuente de información.

A veces, la información de los recién llegados era divertida en medio de su dramatismo.

Un joven de Sabiñánigo contó que los militares convocaron a todos los que estuviesen en edad militar y los hicieron formar. El comandante que pasaba revista se detuvo delante de un campesino, y, después de mirarlo de arriba abajo y de abajo arriba, le preguntó ásperamente:

-¿Cómo se llama usted?

-¡No, señor, soy inocente!, balbuceó.

La contestación daba una idea del ambiente de terror reinante. Un grupo de Biescas se dirigía a Jaca, por la noche, y fue parado en un puesto de vigilancia:

-¡Alto! ¿Quién vive?

-¡España!

-¿Qué gente?

- Nosotros no somos gente: somos los pelaires de Biescas...

En las pequeñas prisiones, como la de Jaca, los presos tenían una consignación oficial de 1 peseta y 50 céntimos diarios para su alimentación.


Si había 300 presos, la suma diaria ascendía a 450 pesetas, y con ese dinero, administrado por los presos, se podía comer para vivir.

Pero, al cabo de algún tiempo, la Dirección General de Prisiones encontró que 1,50 pesetas era demasiado dinero, y rebajó la consignación a 1,15.

Como, además, las subsistencias encarecían, la ración alimenticia disminuyó progresivamente.

Una buena parte de los presos recibían comida de sus familias. Y los que tenían dinero podían hacer compras en el exterior. Cosme, el recadero, a quien, por ser de muy reducida estatura llamaban Cosmito, servía de intermediario y hacía los recados a la perfección. Cosmito recibía propinas y era muy honrado.

Yo no tenía dinero. Lo poco que me quedaba había sido retenido en la Comandancia Militar con mis papeles. Comía el rancho, y, cuando me tocaba el turno, pelaba patatas.

Me lavaba la ropa interior, sin jabón, en el lavadero del patio.

Hubo nuevos ingresos, y en el patio vi que un preso, de mi edad, me miraba con gran insistencia. Lo miré yo a él y le reconocí. Habíamos sido soldados juntos, en 1919, en un regimiento de Ingenieros, en el cuartel de la Montaña, primero, y en El Pardo, después. Se llamaba Vicente Constante; albañil de oficio. Era socialista. Muy formal.

Desde 1919 habían transcurrido 17 años. El había cambiado, y yo también, pero no tanto como para no reconocernos. Se cruzó entre los dos una mirada de inteligencia: yo me alejé de los demás, poniéndome de espaldas contra la pared; él hizo lo mismo muy discretamente, poniéndose a mi lado, y en voz baja, y mirando distraídamente, nos comunicamos:

- Vicente, me has reconocido.

- Naturalmente. ¿Qué puedo hacer por ti?

-¿Puedes prestarme cinco pesetas para comprar jabón? - Puedo darte más - dijo.

- No, muchas gracias. Vicente, conviene que no me hayas reconocido. ¿Comprendes?

- Descuida.

No volvimos a hablarnos.

Desde entonces en adelante pude lavarme la ropa con jabón.

A fines de septiembre o comienzos de octubre, recomenzaron los fusilamientos.

Generalmente, la operación tenía lugar dos veces por semana, a razón de un promedio de diez o doce por tanda.

Poco antes del amanecer, se oía el roncar de un motor delante de la prisión.

Todo el mundo estaba despierto, aguzando el oído. No se movía nadie.

Poco después resonaban pasos fuertes en los peldaños de la escalera que conducía al primer piso.

Transcurrían unos minutos de profundo silencio.

Luego, el oficial de guardia abría la puerta de la capilla o la cancela de la nave principal o se asomaba a la escalerilla de la torre y voceaba los nombres de los elegidos: -¡Fulano de Tal!

-¡Fulano de Cual!...

Todos estábamos preparados para la eventualidad.

En menos de diez minutos, los escogidos estaban listos para partir.

No presencié nunca un caso de flaqueza o debilidad. Mozos y viejos se comportaban como héroes. Y lo eran.

De vez en cuando había una exclamación patética: -¡Hasta la eternidad, compañeros!

-¡Mis hijos! ¡Mis pobres hijos!

Los elegidos bajaban al primer piso. Allí eran identificados. La Guardia Civil los esposaba y los conducía al autobús que aguardaba delante de la prisión.

Los sobrevivientes ahogábamos el sufrimiento en el silencio.

Poco después, ya de día, en la calle se oían gritos de desesperación. Eran las esposas, las madres, las hermanas o los hijos de los que habían partido.

Parecía el coro de una tragedia griega. ¿Cómo habían llegado a saber tan pronto quiénes eran las víctimas? No lo sé.

Esos días, gran parte de los presos no salían al patio. No tenían fuerzas para aguantarse de pie, y quedaban tumbados en sus petates. Los que bajábamos, nos sentábamos en el suelo, nos levantábamos, dábamos unos pasos, nos apoyábamos contra la pared, nos sentábamos de nuevo, nos levantábamos... Todos hacíamos lo mismo. Y nadie hablaba. El silencio era realmente sepulcral.

A continuación venían dos o tres días de descanso. Nos rehacíamos en parte.

Pero la noche que precedía al probable día nefasto no dormía nadie, esperando la llamada matinal.

El día que le correspondió el turno a Vicente Constante, al levantarme, él me saludó con la mano, desde lejos. Y se marchó para siempre.

A veces, quisiera tener las creencias religiosas que tuve en mi infancia, porque esa fe me permitiría esperar el reencuentro en la otra vida con las personas más queridas. En ese reencuentro imaginario, Vicente Constante estaría al lado de mi madre...

La mañana de la partida de Vicente Constante yo tampoco salí al patio. No tenía fuerzas: me hubiese derrumbado.

Hubo escenas silenciosas de un dramatismo inconmensurable.

Dormían juntos en el mismo petate dos hermanos jóvenes, campesinos. Uno de ellos, casado y con hijos, dirigía la hacienda familiar. El otro, soltero, era el segundo. Una noche, el oficial llamó al hermano mayor; el más joven dio un brinco, e, impidiendo que el mayor se incorporara, dijo con voz firme:

-¡Presente!

Todos comprendimos el sacrificio voluntario del hermano menor. Con su «¡Presente!» quería decir:

«Mi hermano tiene mujer e hijos, y su vida es más necesaria que la mía. ¡Que se salve él!»

Su sacrificio fue inútil.

Cuando las autoridades descubrieron la estafa, se apresuraron a corregir el error, fusilando al hermano mayor.

Un joven estudiante de bachillerato, cuando lo llamaron, dijo con gran serenidad:

-¡Ahora saldré de dudas y veré si hay otra vida y otro mundo!...

Un muchacho que tendría quince o dieciséis años, hijo del jefe de Correos, también preso, cuando el oficial le invitó a que se levantara, contestó:

-¿Yo? ¡Pero si yo no he hecho nada! - Y se tapó con la manta, dispuesto a reanudar el sueño.

El farmacéutico de Ansó - se llamaba Molinero- pidió que le dejaran llevarse la manta para amortajar su cadáver...

Los fusilamientos los ordenaba la autoridad militar. No había consejo de guerra previo. Eran asesinatos en frío.

El enlace entre la Comandancia Militar y la prisión lo realizaba el capitán Aurelio Bañares. En funciones de juez, acudía a la prisión a interrogar a los presos, y su interrogatorio era el indicio casi seguro de la ejecución a breve plazo.

La llegada del capitán Bañares a la prisión, de ordinario al final de la tarde, originaba una gran zozobra. Era el pregonero de la muerte.

Había, además, otro pregonero: el Padre Hermenegildo de Fustiñana. Alto, huesudo, con barbas, parecía un espantapájaros. Era un pajarraco agorero. Se decía de él que era el encargado de acudir a las ejecuciones para prestar los «auxilios espirituales» a los que los desearan. Cuando hacía acto de presencia en la prisión se nos ponía a todos «carne de gallina».

En la Comandancia Militar quien mandaba en el otoño de 1936 era el comandante Dionisio Pareja, que fue quien dirigió la sublevación del 18-19 de julio. Jerárquicamente, por encima de él estaba el coronel Bernabeu.

El coronel Bernabeu se mató en un accidente de automóvil, y durante unos días hubo una pausa en los fusilamientos.

Aunque incomunicados, supimos lo de la desgracia del coronel Bernabeu. ¿Era el coronel Bernabeu que conocí en la fortaleza de Montjuich? Quizá. En 1925, el coronel Bernabeu se portó bien conmigo. Ahora, en 1936, en Jaca, si yo hubiese sido identificado, es seguro que habría dicho: «¡Que lo fusilen!» En once años, España había pasado de la civilización relativa a la barbarie absoluta.

A pesar de las salidas matinales, como había nuevos ingresos, casi todos campesinos de los pueblos del distrito, en la prisión no se cabía: reventaba.

Las autoridades acordaron descongestionarla, y parte de los detenidos fueron trasladados al fuerte de Rapitán, en las proximidades de la ciudad.

No hubo selección alguna. Quizá siguieron el orden alfabético en la lista de presos. No lo sé.

Joaquín Julió Ferrer no fue enviado a Rapitán.

Entre los trasladados a Rapitán figuraba un secretario municipal, que en el despacho de la prisión desempeñaba las funciones de oficinista: escribir la correspondencia oficial, hacer las listas del racionamiento, etc.

A media tarde del día en que se efectuó el traslado a Rapitán - debió de ser a fines de noviembre- fui llamado al despacho. Allí estaban el jefe de la prisión, Federico Ramos, y el oficial de servicio ese día, Ricardo Campo.

Con el jefe no había tenido ningún contacto personal; con el oficial Campo sólo el que tuvo lugar el día de mi ingreso cuando ordenó que pasara de la capilla al hacinamiento de la nave general.

Entre los presos se decía que el jefe, don Federico, no era mala persona; que el oficial López Valdivieso era magnífico, y que Campo era un reaccionario.

Entré en la oficina, saludé, y don Federico, sentado, - yo de pie- dijo:

- Nos hemos quedado sin escribiente; ¿podría usted ayudarnos?

- Si puedo serles útil, con mucho gusto.

Inmediatamente, intervino el oficial Campo:

- Esto será sólo durante unos días, de ahora a fines de mes. - Lo que ustedes quieran: estoy a su disposición. Comprendí que para el oficial Campo yo no era persona grata. Y Joaquín Julió Ferrer pasó a ser el escribiente en la oficina de la prisión. Y no debía de hacer mal el trabajo, puesto que, desde el primer día, el jefe, don Federico, y el oficial López Valdivieso, estaban satisfechos.

Supe que el oficial Ricardo Campo hizo gestiones para que el antiguo escribiente trasladado a Rapitán fuese devuelto a la prisión. No dieron resultado. Y, finalmente, a disgusto, se habituó a mi presencia.

Con el tiempo, llegué a conocer bien a los tres: Federico Ramos, López Valdivieso y Campo.

Don Federico, más cerca de los sesenta años que de los cincuenta, exteriormente era adusto, pero en el fondo buena persona. De simple oficial de Prisiones había pasado a ser, por ascenso, jefe de prisión de partido.

Estaba casado, con hijos, pero su mujer se encontraba en Granollers, provincia de Barcelona. Era un viejo republicano, probablemente lerrouxista, y lector, en el pasado, de «El Motín», semanario anticlerical famoso en el primer cuarto de siglo. Guardaba una colección de ese periódico en un baúl en Granollers. Bajo el influjo de las circunstancias, temeroso de que los nacionalistas llegaran a Cataluña, en momentos de confianza e inquietud, exclamaba:

-¡Y mi baúl de Granollers! ¡Cuando lo encuentren y lo abran me fusilan!

Procuraba calmarle, diciéndole que si el ejército entraba en Cataluña, su mujer destruiría antes los papeles peligrosos que pudiese haber en el baúl.

-¡Mi mujer! – exclamó -. ¡Pero si es una tonta! Ella no sabe la dinamita espiritual que hay en aquel baúl...

¡Pobre don Federico! ¡Las noches de insomnio que debió de pasar por el baúl que tenía en Granollers!

Fui compasivo con él; le ayudé moralmente, y me tomó afecto. Me llamaba don Joaquín.

Ricardo Campo era el polo opuesto. Ideológicamente reaccionario, un día apareció en la oficina en camisa azul y con la insignia de la Falange. Con él había que estar constantemente en guardia. Los días en que llovía estaba malhumorado porque «la aviación nacional -decía- no podía operar destruyendo los reductos del enemigo». Alto, tenía el pecho hundido de un asmático. Con él había que hablar con mucho cuidado. No tenía confianza en mí. Yo, ninguna de él. Me llamaba secamente Julió.

-¡Qué apellido tan extraño tiene usted! - me dijo un día.

- Probablemente es una corrupción de Juliá - le contesté. En los apellidos no hay regla que valga. La palabra hazaña se escribe con h. Y si se le quita la h queda Azaña. Su segundo apellido, Lacambra, gramaticalmente debiera ser La Cambra.

- Sí, es claro - asintió, sin estar muy convencido.

El otro oficial, José López Valdivieso, madrileño, era un hombre bueno, simpático, sonriente, sincero. Izquierdista, sin pertenecer a ningún partido.

El día en que había fusilamientos, si estaba él de guardia, quedaba moralmente deshecho. Discreto, cuando estaba de servicio, venía con el diario Heraldo de Aragón y lo dejaba sobre la mesa de la oficina, como diciéndome: «Puede leerlo, si quiere». Lo leía, naturalmente. Y me enteraba, viendo el reverso del tapiz, de cómo iban las cosas.

Como el trabajo en la oficina era considerable, un día le dije a don José:

-¿Por qué no invita usted a las dos maestras que hay en el departamento de mujeres a que bajen a ayudarnos?

- Es una buena idea - contestó, y después de reflexionar un instante, añadió -: Propóngaselo a don Federico y a Campo. En el momento que consideré oportuno, se lo propuse al mismo tiempo a los dos y aceptaron en seguida,

En el departamento de mujeres había una treintena de presas: casadas unas, solteras otras, y entre ellas dos maestras.

El 18 de julio sólo había una presa: una joven de Canfranc, soltera, acusada de infanticidio. El eterno drama de la mujer desgraciada en una sociedad injusta.

Luego, el departamento se llenó. Las mujeres estaban amontonadas como nosotros, los hombres. O quizá más todavía. Su departamento tenía dos ventanillos-respiraderos. Los hombres salíamos al patio dos veces: mañana y tarde. Ellas, sólo una vez: dos horas.

Salían al patio como si hubiesen ido de paseo a la calle Mayor: elegantemente vestidas, bien peinadas, reflejando feminidad.

Los presos, desde las ventanas, las contemplaban con simpatía y quizá incluso con amor.

Ingresó un día una mujer de Sabiñánigo, soltera, que estaba encinta. Y cuando se aproximó la hora final de los nueve meses, tuvo que ser trasladada al hospital. Para las autoridades se planteó un «grave» problema: ¿la concepción había tenido lugar en la cárcel o antes de ingresar en la cárcel?

Hay que decir que la concepción en la cárcel no era imposible. La separación entre hombres y mujeres era muy tenue. Pero tanto ellas como los hombres procedieron siempre con gran sentido de su responsabilidad.

Una maestra llamada Pilar Beltrán fue fusilada antes de mi ingreso en la prisión. Y peligraban las dos maestras que yo propuse que viniesen a la oficina a ayudarme.

Caridad Olalquiaga y Pilar Ponzán eran jóvenes, simpáticas e inteligentes. Las dos, republicanas. Se salvaron porque el capitán Bañares, el que durante algún tiempo decidió en muchos casos sobre la vida y la muerte, estaba casado con una maestra que enseñaba en el mismo grupo escolar que Pilar Ponzán y Caridad Olalquiaga, y que fue su más firme defensora ante la brutalidad de su marido.

Caridad Olalquiaga, navarra, tenía la hostilidad de los carlistas de Sangüesa, su pueblo natal. Pilar Ponzán era la hermana de uno de los líderes de la C. N. T. en la provincia de Huesca. Eso no les favorecía.

Cuando había mucho trabajo en la oficina, Caridad y Pilar bajaban al despacho a ayudarme. Estaban encantadas de salir de su cubil durante unas horas.

Los días en que el oficial de servicio era Ricardo Campo se trabajaba mucho y se hablaba poco. En cambio, si el turno correspondía a López Valdivieso - le llamábamos don José- hablábamos mucho y trabajábamos poco.

A pesar de la sincera amistad que se estableció entre nosotros (Caridad y Pilar viven y están casadas), por la cuenta que me tenía procuré ser muy reservado. Cuando, en septiembre de 1937, fui identificado, quedaron asombradas. Y no ellas solas.

Entre los amigos que me hice estaba Ramón Cortina, practicante-barbero, de un pueblo de la ribera del Gállego. Tendría alrededor de cuarenta y cinco años. Políticamente pertenecía a Izquierda Republicana. Era formal, diligente, optimista. Como practicante, tomaba el pulso a los enfermos, les miraba la lengua y recetaba... El médico forense no tenía que venir nunca a la prisión. Cortina curaba a los enfermos. De enfermedad no se murió nadie en la prisión. Como barbero, Cortina tenía un par de ayudantes.

Cuando se produjo el traslado de una parte de los presos a Rapitán y se llevaron a sus auxiliares de barbería, le propuse ayudarle, en las horas que estuviese libre de los trabajos de oficina.

Yo no tenía un céntimo - la Comandancia Militar me devolvió las pocas pesetas que me quedaban cuando fui detenido, pero ese dinero, más el duro que me prestó Vicente Constante, ya se había agotado, y como auxiliar de barbería, con las propinas que recibiese, podría comprar jabón...

Cortina se sonrió y me dijo bondadosamente:

- Don Joaquín, usted no me sirve como auxiliar de barbería, pero le voy a proporcionar una ocupación más cómoda. -¿Cuál?

- Usted se va a encargar del estanco (venta de tabaco), que también está bajo mi jurisdicción.

- Aceptado.

Y con la aprobación de don Federico, pasé a ser el estanquero de la prisión.

Cada mañana encargaba al recadero Cosmito el tabaco que necesitaba, él lo compraba fuera y me lo traía. Una vez al día, después de comer, yo pasaba por los distintos departamentos, gritando:

-¡Tabaco, cerillas, piedras para los mecheros!

Los compradores pagaban la adquisición y tenían costumbre de dar al estanquero una propina de una perrilla o de una perra gorda. Alguien me dio una vez una moneda con la efigie de José I, rey de España... El trabajo me ocupaba poco tiempo: no más de media hora. Y me quedaba un superávit de una peseta, y los domingos hasta dos... ¡Nunca había ganado tan poco ni tanto!

Mis dificultades materiales quedaron superadas. Pude comprar jabón y alguna prenda de ropa interior, que buena falta me hacía.

Y como era rico, me acudió una idea. La sugerí a Pilar y a Caridad, que la aceptaron con entusiasmo. La expuse a don Federico y a Campo, y les pareció bien.

Se trataba de crear una biblioteca circulante a base de una suscripción voluntaria semanal para comprar libros. El número de socios ascendió en seguida a unos veinte, con una cuota individual de una peseta. Total: 20 pesetas semanales.

Entonces, los libros eran relativamente baratos: su precio oscilaba entre 2 y 5 pesetas. Con 20 pesetas se podían comprar un promedio de cinco libros semanales, veinte al mes.

En la calle Mayor de Jaca había una librería bien surtida, que entonces, dadas las circunstancias, no vendía nada.

Por mediación del recadero Cosmito se pidió una lista de los libros - sólo literatura, claro está- que tuviera para vender. Tenía bastantes.

Empezó a funcionar la biblioteca. El bibliotecario se llamaba Francisco Pina, un exsargento del ejército, que participó en la acción de Galán en 1930.

Los libros adquiridos eran sometidos previamente a la censura de don Federico, que automáticamente los aprobaba. Sólo rechazó uno: El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, porque en la novela se habla de una fuga de la prisión... El bueno de don Federico quería evitar los malos ejemplos...

La biblioteca fue creciendo. Todos los presos -socios cotizantes o no socios- podían leer. La cárcel se convirtió en una gran sala de lectura.

El libro que gustó más a todos fue Historia de San Michele, de Axel Munthe. La combinación de relato, biografía y novela, con un fondo discreto de humor, hace de ese libro una obra deliciosa. Desde luego, fue el libro cuya lectura me produjo entonces más grata satisfacción. La Historia de San Michele tenía, sin embargo, un grave inconveniente: y es que terminaba... Uno hubiese deseado que continuase más y más. Producía una dulce embriaguez espiritual.

A comienzos de marzo de 1937 se nos comunicó que quedaba levantada la incomunicación. Los presos podríamos recibir visitas y escribir a nuestros familiares.

Naturalmente, pensé cómo podía ponerme en comunicación con mi mujer sin descubrirme. Creí encontrar la manera de hacerlo.

Escribí una carta dirigida a mi madre política, en París, como si ella fuese simplemente una conocida de mi mujer, y rogándola, si le era posible, que le hiciera saber que yo estaba bien de salud y mi dirección. Firma: Joaquín Julió Ferrer.

La carta llegó. Jeanne, que vivía con Mario en casa de sus padres, comprendió en seguida el misterio y procedió en consecuencia. Me contestó en español, y me dio la dirección de la esposa de su hermano, a la que podía enviar mis cartas.

Jeanne fue suficientemente discreta para continuar siendo la «viuda de Maurín».

Precisamente, unos días antes de recibir mi carta, agentes de espionaje comunistas, presentándose como policías franceses, asaltaron su domicilio, practicando un minucioso registro. No encontraron nada. Jeanne se puso en contacto con la Embajada de España, y el servicio de vigilancia le previno que no perdiera nunca de vista a Mario - tenía ocho años y medio -, pues temían que el niño fuese secuestrado...

Ayudada por la Embajada española y las autoridades francesas, Jeanne tomó precauciones, y el espionaje comunista no volvió a manifestarse cerca de ella.

Jeanne pudo enviarme un poco de dinero, y yo renuncié al honroso cargo de estanquero.

Estábamos en plena primavera. Hacía tiempo que habían parado los fusilamientos.

Se nos comunicó que quedábamos condenados a «trabajos hasta el triunfo del glorioso Movimiento Nacional». ¡A trabajos!
Salíamos de la prisión en camiones bajo la vigilancia de la Guardia civil, a las afueras de Jaca, a abrir cunetas cegadas por las lluvias o a cortar leña. Esa faena tenía un nombre oficial: «Redención de penas por el trabajo». ¿Qué redención? ¿Qué penas? ¿Qué trabajo?

Pero salir de la prisión y asistir al nacimiento de la primavera era un poco la libertad.

He sido siempre un hombre temperamentalmente optimista. Había logrado pasar inadvertido durante la etapa de las ejecuciones, había establecido contacto con mi mujer y con mi hijo, tenía cerca unos cuantos amigos verdaderos - Caridad, Pilar, Ramón Cortina, López Valdivieso...- y creía que la República democrática triunfaría... Se trataba de tener paciencia.
Además de mis tareas de escribiente en la oficina de la prisión, de la «redención de penas por el trabajo», de la lectura de la relativamente copiosa biblioteca, me entraron ganas de escribir...

Había en la prisión un gatito que nadie sabía de dónde había salido, ni cómo había entrado. Caridad le dio el nombre de Misceláneo. Todos lo querían, pero no sé por qué me demostraba una cierta preferencia. Los demás presos le llamaban ¡Misceláneo! ¡Misceláneo!, pero Misceláneo no hacía caso. Pero si era yo quien decía ¡Misceláneo! venía a mí, se dejaba acariciar y se ponía a ronronear. Por la noche, cuando estábamos acostados, saltaba por encima de los demás hasta que me encontraba a mí...

¿Cómo no agradecer a Misceláneo esa demostración de afecto?

Decidí escribir sobre Misceláneo. Pensé que quizá la lectura podría interesar a Mario.

Escribí la biografía. La ilustró Julio Sánchez, pintor de brocha gorda; fue puesta a máquina y encuadernada. Título: ¡Miau! Historia del gatito Misceláneo.

Creo que después de la Historia de San Michele, el libro cuya lectura tuvo más éxito en la prisión fue la biografía de Misceláneo...

En los meses que siguieron fueron puestos en libertad muchos presos. La prisión iba vaciándose. Las palomas, fugitivas durante cerca de un año, regresaron progresivamente al palomar de la torre.

Yo, sin identificar, continuaría preso indefinidamente - creía -. Después de todo, ¿en dónde podría estar menos inseguro? Nadie me conocía; todos se habían acostumbrado a mí, y la prisión era ahora mi mejor escondite... Así pensaba, mas no era así.

A fines de agosto, hubo un gran número de libertades. Joaquín Julió Ferrer figuraba en la lista. ¡Libertad! Se me iban a plantear muchos problemas.

Fui a la Fonda de España. María Izuel, su padre y su hermano me acogieron amigablemente.

Se trataba ahora de acercarme a la frontera, pero sin originar sospechas.

El oficial Ricardo Campo, espontáneamente, me extendió un certificado de buena conducta durante el tiempo que había estado en la prisión. ¡Era una útil recomendación! Pasaron unos días.

Por los compañeros de la prisión sabía que en el pueblo de Hecho había una serrería en la que trabajaban varios ex presos. Con toda seguridad podría encontrar allí trabajo. Y, mientras tanto, estudiar geografía...

Obtuve el salvoconducto oficial y decidí irme a Hecho. Cuando fui a pagar el hospedaje, la familia Izuel, suponiendo que tenía poco dinero, se negó a cobrarme. «Ya pagará usted otro día», me dijeron.

Un año antes, había salido de Jaca en dirección Noroeste hacia Panticosa.

Ahora, en dirección Sureste, hacia Hecho. Un par de horas de auto de línea.

Llegué al anochecer, y me instalé en la única posada que había en el pueblo.

Estaba cenando cuando se presentó un agente de policía para preguntar qué gente nueva había llegado a la posada. Me pidió mis papeles, y le enseñé el salvoconducto. Me miró con evidente sorpresa, y me dijo que a la mañana siguiente me presentase en su despacho en el Ayuntamiento.

Se me cayó el alma a los pies. ¡Nos conocíamos! El había estado de servicio varios años en Barcelona, en la Brigada Social. Era el agente que, el 12 de enero de 1925, cuando fui cazado a tiros por la policía al salir del Ateneo Barcelonés, había recibido la orden de averiguar mi domicilio.

Después de más de un año de capear el temporal, todo se derrumbaba.

Me había «salvado» en La Coruña, en Panticosa, en Jaca y, finalmente, caía estúpidamente en Hecho...

Esa noche no pude conciliar el sueño. Me levanté temprano y salí a las afueras del pueblo. ¿Qué podía hacer? ¿Huir al monte? Hubiese sido cazado indefectiblemente. ¿Suicidarme? Había cerca un frondoso roble que parecía invitarme a que me colgara de una de sus ramas...

Mi indecisión duró unos minutos, que se alargaron como si fuesen horas.

Me volvió a la realidad una sirena que se puso a sonar estridentemente ¿Será - me pregunté- que la policía cree que me he fugado y está dando la señal de alarma?

Decidí regresar al pueblo. Pasase lo que pasase.

Hacia las diez de la mañana me presenté en el despacho de la policía.

El agente de la noche anterior, al verme, se sonrió de una manera equívoca y dijo:

- ¡Hola Maurín! Anoche, al verle, quedé sorprendido; me pareció que usted era Maurín, pero no estaba completamente seguro. Han pasado doce años desde que le vi por última vez. ¿Recuerda? Necesitaba consultar mis fichas...

Y me enseñó mi ficha policíaca con las fotografías de 1925 y 1930. La República seguía conservando cuidadosamente el fichero de las personas peligrosas de los tiempos de la Monarquía.

El policía se apresuró a cachearme para ver si llevaba armas, y me comunicó que quedaba detenido, en espera de lo que la autoridad superior decidiera.

Me introdujo en un calabozo. Y a media tarde llegó un automóvil, con dos agentes de policía, para conducirme a Jaca.

Me condujeron a la Comandancia Militar, y me metieron en , un calabozo, en la planta baja, con una gran ventana enrejada cara a la plaza de armas.

A la mañana siguiente fui conducido a una oficina del primer piso. Allí estaban sentados un capitán y un paisano.

Había visto varias veces al capitán Rosi en la prisión, cuando sustituyó como juez militar al capitán Bañares. Era alto, joven, bien parecido, canario, si no recuerdo mal. El paisano era el jefe de policía de Jaca: se llamaba Maeso. Además, había un soldado en funciones de escribiente.

- Vamos a interrogarle - dijo el capitán Rosi. Nos interesa saber qué es lo que usted ha hecho desde el 18 de julio de 1936 y con qué personas se ha relacionado.

Desde luego no me había relacionado, fuera de la cárcel, con nadie a quien el contacto conmigo pudiera ocasionarle perjuicio.

La declaración duró dos sesiones: tres horas por la mañana y otras tres por la tarde. El escribiente iba tecleando mis respuestas. En total, fueron alrededor de unas 30 páginas a máquina.

Tanto el capitán Rosi como el jefe de policía estuvieron correctos.

Al día siguiente, por la mañana, estando en el calabozo, pasó por delante de la ventana enrejada que daba a la plaza de armas un joven delgado, que, dirigiéndose a mí, pronunció unas cuantas palabras en catalán. El soldado que estaba de guardia le invitó a que no se acercara a la ventana del calabozo.

Por la tarde, fui conducido de nuevo a la oficina del primer piso. Allí estaban el capitán Rosi y el joven desconocido de la mañana.

- Hace un año que vengo buscándote, y por fin te he encontrado - dijo el joven, con marcado acento catalán, tuteándome. -¡Ah - dije yo por toda contestación.

Explicó que él era un «camisa vieja» de la Falange de Barcelona, que había podido salir de la zona roja y pasar a la nacional, en donde le fue encomendada la misión, por parte del coronel Aranda, de averiguar mi paradero. Sabiendo que yo había estado en Santiago el 18 de julio de 1936, pudo averiguar que había marchado de Santiago a La Coruña, el día 19, en un auto de línea; que en La Coruña me había hospedado en el Hotel Centro Gallego, inscrito como Joaquín Julió y que, al marcharme el l." de septiembre, había dicho al dueño del hotel, Ramiro Díaz, que iba a Valladolid a reunirme con unos parientes... Que no constaba que yo hubiese estado en Valladolid, ni que allí hubiese parientes míos... Que eso le hizo perder la pista... Que visitó todas las prisiones de Galicia para ver si yo estaba allí...

El joven falangista, petulante, se escuchaba a sí mismo, contando sus pesquisas como si fuesen heroicidades.

- ¡Por fin te he encontrado! - terminó.

- He prestado declaración ante el capitán Rosi - dije yo -. ¿Es usted alguna autoridad?

- Represento a la Falange.

- ¡Ah! - exclamé, dirigiendo la mirada al capitán Rosi.

El capitán Rosi dio por terminada la entrevista, y ordenó que fuese conducido de nuevo al calabozo.

En pequeño, pude observar la separación entre dos autoridades: una militar, legal, y la otra irregular y arbitraria, la fascista de la Falange. En principio, la autoridad militar no cedió nunca sus prerrogativas a la Falange. Sólo cuando el militar - capitán, comandante, coronel o general- era fascista daba rienda suelta a la Falange.

Seguí en el calabozo de la Comandancia Militar un par de días más, apreciando el rancho del cuartel que, comparado con el de la prisión, era muy superior en cantidad y calidad.

Tuve la impresión de que el capitán Rosi ni remotamente era falangista y de que, humanamente, no tenía nada contra mí.

Una mañana, temprano, el capitán Rosi vino al calabozo y me dijo:

- Va usted a ser conducido a Zaragoza. Esté tranquilo. Le conducirá la Guardia Civil.

-¿Puedo hacerle una pregunta?

- Diga.

-¿Me autoriza para que escriba a mi mujer explicándole cuál es mi situación ahora?

- Escriba. No cierre el sobre, y yo personalmente pondré en el buzón su carta.

Escribí a Jeanne que había sido identificado. La carta le llegó, y eso me salvó.

Hacia las nueve de la mañana, debió de ser el 10 de septiembre de 1937, sentado entre dos guardias civiles, el coche salió de la Comandancia Militar, rumbo al sur.

Habría recorrido el coche escasamente un kilómetro cuando vino en dirección contraria otro automóvil. Los dos vehículos se pararon. Uno de los guardias civiles que me llevaban se apeó para ir a hablar con los que iban en el otro coche. Estaban a una cierta distancia, y no podía oír la conversación, pero sí ver los gestos; porfíaban, y el guardia civil no cedía. La discusión duró un buen rato. Finalmente, el guardia civil regresó al coche, que reanudó la marcha.

Llegamos a Zaragoza, sin mas tropiezos, al final de la tarde.



Nota de Jeanne Maurín.

Aquí quedó interrumpido el relato de Maurín. A pesar del peligro que le amenazaba, había tenido hasta entonces la suerte de salvar su vida. Mientras tanto, mi existencia en París no se desarrollaba sin incidentes.


Nota de la Fundación Andreu Nin

Los recuerdos de Jeanne Maurín de ese período están recogidos también en el libro Cómo se salvó Joaquín Maurín. Recuerdos y Testimonios, Crónica General de España / Ediciones Júcar, Madrid, 1980.


Edición digital de la Fundación Andreu Nin, 2005