miércoles, 20 de junio de 2007

PLAZA GARIBALDI















El pulque entra con trago empalagoso, a sorbitos lentos, algo agrios. Avellanas, pistacho o piña se utilizan para disimular el sabor nada agradable de la pulpa de bohordo de pita convertido en zumo alcohólico.

Beber pulque es lo más parecido a meterse dentro del cuerpo una bomba de imprevisible efecto retardado.

Poco a poco, mientras la máquina digestiva hace su trabajo dentro del organismo, se siente como la bebida fermenta en las entrañas. Cuando el espíritu del pulque sube hasta el cerebro e inunda sus células, una ebriedad de flujos psicodélicos se apodera de la razón y de la imaginación.

La mente sube el telón del incontrolable teatro de los fantasmas. La realidad se convierte en figuración hechizada y el sujeto se disuelve en el río revuelto de la alucinación.

El pulque siempre debe ser tomado muy en serio.

Beber más de la cuenta produce una total pérdida del conocimiento. Hay que saber ponerse a salvo de este pequeño infierno: caer al suelo sin sentido, como un perro muerto a merced de las alimañas carroñeras, entre la turbamulta de mariachis, grupos veracruzanos, conjuntos norteños y bandas de borrachos que pueblan la plaza de Garibaldi. Sé lo que me digo.

*


Apenas llevaba cuarenta y horas en México D.F. Había conseguido atiborrarme de comida picante, margaritas y submarinos de tequila, mezcal a granel e innumerables botellas de esa cerveza del país, tan pálida, ligera y suave.

Recuerdo que en algún momento estuve sentado en el café de la Opera, contemplando unos agujeros de bala en el viejo artesonado del techo, mientras cuatro elegantes músicos interpretaban, como no, una ranchera de despecho. Ya agarraste por tu cuenta las parrandas. Paloma negra, paloma negra ¿dónde andarás? Ya no juegues, parrandera, con mi honra...

No sé si me dijeron que los balazos fueron disparados por los villistas o por el propio Pancho Villa, y nunca sabré de cuantas otras hazañas históricas fueron testigo las paredes del legendario café. Tampoco sé como pude ponerme en pie, salir a la calle, subir a un taxi y acabar sentado en un oscuro rincón del salón Riviere.

Mis amigos mexicanos se disculparon por lo inoportuno del incidente: nos cachearon a la entrada buscando armas de fuego.


Un trago de ron con coca cola me espabiló lo suficiente como para llegar a la pronta conclusión de que estaba en una sala de alterne con el aura más canalla que pueda imaginarse.

Los camareros vestían traje gris con chaqueta cruzada y camiseta negra sin camisa. De sus cuellos colgaban gruesas cadenas de plata u oro. Para atender las mesas, estos temibles camareros alumbraban su paso hacia los clientes con linternas. Pero la noche tenía mucho movimiento.

Las ficheras, mujeres de alquiler por un baile o para satisfacer cualquier otro deseo más atrevido, se buscaban la vida haciendo vibrar sus encantos desde la penumbra.

Los chulos merodeaban por todas partes.

La orquesta tocaba salsa.

Escuché algo parecido a un merengue house reggae: Menéate, mami decía la letra , menéate más. Con la mano en la cabeza, menéate más. Con la mano en la cintura, menéate más. Con la mano en la rodilla, menéate más...

Hay que ir a mear de vez en cuando. El viaje puede aprovecharse para otros alivios más disparatados, pero uno aprende a controlarse.

Con la espalda empujando contra una de las puertas sin pestillo de los tres retretes, clavado en la pared, yo maniobraba.

Un letrero advertía:


AQUI NADIE SE METE COCA



Dos rudos vigilantes, con horribles muecas y miradas violentas, acechaban para que la ley se cumpliera.

Desobedecí. Con la mayor rapidez que me fue posible, me las apañé. Con la espalda apoyada contra la puerta del retrete, empujando como un loco por si alguien venía a joder, saqué el material del bolsillo, desplegué las tres esquinas de la papela y aspiré un poco de perica.

Salí del apuro sin problemas.

En cuanto volví a poner el pie en la sala de baile, el don de la invisibilidad se esfumó.

Una fichera intentó cerrarme el paso.

Su voz me apedreó el rostro.

Cuantito te demoraste, chavo, dijo con sorna profesional . Toditita la noche me tuviste a la espera, pero ahorita no te me vas a marchar sin cumplirme con un bailecito o con un trago.

Ni rechisté. No consentí. Ningún ataque por sorpresa era capaz de detener mi camino.

Al otro lado de la pista, mis amigos mexicanos agitaban los brazos, gritaban y discutían con un camarero.

Pronto supe que a dos de ellos acababan de robarles las chaquetas. Pronto comprendimos también que, en aquel sórdido lugar, las reclamaciones sólo valían para perder el tiempo. Entre maldiciones moderadas, tampoco era cosa de buscarse una ruina , juré no volver nunca al salón Riviere y enfilé hacia la salida.


Fue una accidentada espantada.

Una nube de camareros, en una actitud que dubitaba entre lo rastrero y lo hostil, cayó sobre mí.

Tenga alma, caballero, gimoteaban unos y amenazaban los otros . La dirección del local no se hace cargo del sueldo de los empleados. Trabajamos por las propinas. Respondan como clientes honorables, respondan con unos buenos pesos. Señor, no escape. No más pare de chingar, gallina, y cumpla con los de abajo. Sea piadoso, ¡cabrón! ¡Vuélvase atrás, pinche pendejo!

Insultos, manotazos y empujones escoltaron mi salida, pero gané la calle sin dar explicaciones, y sin soltar un sólo peso. De inmediato, un taxi me libró de soportar la espesa capa de polución de México D.F. Subí al vehículo y, ansioso de echarle leña a la noche, ordené al conductor que me llevara a la plaza de Garibaldi.


*


En México D.F., veinte millones de habitantes y cuatro millones de coches, incluso por la noche, todo está igual de lejos y todo está igual de cerca. El viaje a la plaza de Garibaldi duró lo que tardé en meterme dos rayas de coca a escondidas del taxista.

Mi cabeza estaba completamente aturdida de sensaciones, completamente desprovista de ideas.

El coche me dejó a dos manzanas de mi destino.


Caminé por una calle en obras, con la acera cerrada por el lado de la calzada con una malla de alambre, con el suelo cubierto de tablones tambaleantes.

A la puerta de un club dudoso, dos tipos estaban golpeando a un hombre joven.

No me inmuté. Imité a los demás viandantes. Seguí mi paso, adelante.

Crucé la plaza Garibaldi y me senté en una cantina. Pedí un pulque de piña.

Un mariachi me cantó: Después, ya ves, aguanté hasta donde pude y acabé llorando a mares donde no me vieras tú.

Pedí otro pulque de piña.

Hubo que pinchar a una familiar orquestina veracruzana, completamente desganada, para desgranar algunos trovos. El padre dejó el arpa en manos de su hija, morena y nariguda, y empuñó el cuatro: Si quieres gozar de mi luz, bebe sin pensar en nada, pero no te olvides de pagar, que yo soy de Veracruz y el cantar de mis cantares está en cada moneda ganada.

Pedí el tercer pulque de piña.

Un conjunto norteño arremetió hasta llegar a la frontera: Salieron de San Isidro, procedentes de Tijuana, traían las llantas del auto repletas de marihuana. Eran Emilio Varela y Camelia la Tejana.

Pedí el cuarto pulque de piña.

El primer vaso de pulque empezó a hacerme efecto.

Un vendedor ambulante de tabaco, con su caja de electroshoks entre los brazos, se acercó a la mesa.

¿Un toquesito, señores? ¿Un toquesito, señor? ¿Un toquesito?

Tres vecinos de mesa mexicanos se agarraron de las manos y agarraron los extremos de dos cilindros metálicos conectados por un cable a una batería.

El vendedor de tabaco accionó el toquesito y soltó la descarga.

Los mexicanos se pusieron en pie, arrugaron la cara, temblaron en silencio y, finalmente, soltaron las manos. Mientras los mexicanos esperaban a ver si se les había pasado la borrachera, yo pedí mi quinto pulque de piña.


*


El vientre me quemaba.

Siete leguas cabalgó el bigote de Frida Khalo a lomos del puro macho que me ultimó con una carabina 30/30.

El Indio Fernández moría de sentimiento. Me acusaron de traicionar la rebelión de los colgados. B. Traven, olvidado por los cuates, con diez mil mariachis y tequila, iba de farra. Nahuí Olín, desnuda y pecadora, picó espuelas sobre mi alma de rumbero.

Me creí un indio tarahumara que finge el parto de los montes. Doce apóstoles japoneses cruzan el hall del hotel.


El cónsul Firmin trepó por la barranca.

Estoy en Coyoacán.

Los guardianes me dejan pasar.

Leon Trotsky le explica al Charro Avitia cuál es su moral y cuál es la nuestra.

Una pura y dos con sal.

Están violando a Linda Ronstand en la plaza de las Tres Culturas.

Hay que hacer algo.

El tuerto Steve Jordan, por defender a la lloradora, se bate en duelo con Jorge Negrete y lo mata.

No quiero subir a la pirámide enana.

El sol me quema. Me duelen los riñones y me tiemblan las piernas. Un niño tragafuegos me estrangula con la cuerda de un guitarrón mientras el semáforo cambia de color. No me importa morir de cualquier manera, con tal de librarme de la venganza de Moctezuma.

Escucho, socarrona y amistosa, la voz de mi padre:
Ya te ha vuelto a morder el gorrino.

Abril de 1993