domingo, 31 de mayo de 2009
Ken Follet, rock and blues parchero

Con su paraguas, su blanca cabellera y su tranquila elegancia británica, ¿quién lo diría?, Ken Follet es un rockero de base, un inoxidable del rhythm and blues. Anoche actuó en Florida Park con su banda Damn right I got the blues. Fuera la corbata y venga la camisa de maquéi. Y a salir de bolos con su hijo guitarrista, unos amigotes de la vieja galaxia Guttenberg y una presentadora de la tele. El próximo viernes cumple 60 años este tipo de las millonarias ventas de libros, el gentleman de los espías y los pilares. Un sesentón sexentero, un respeto. Kent Follet toca el bajo mejor de lo que Woody Allen pueda tocar el clarinete, ya ves. Y tiene una banda de rhythm and blues. Tienen lo básico: están en esto por las chicas y las copas. Ahí están las esencias del rock and blues de los garitos. Todo aquel asunto del pub rock. Sin más tonterías. Bill Wyman sabe de qué hablamos, hablamos del rock parchero.
Al dar las 12 del sábado noche de 2009, en Florida Park, cumplí cincuenta y te la hinco años. En ese momento, Ken Follet y los De Puta Madre, Tengo El Blues tocaban "Mustang Sally". Este tipo me pagó los primeros tragos de aguas cuerdas por mi cumple, pinchos y canapés. Y hubo hasta pastelitos. Gracias Ken.
miércoles, 13 de mayo de 2009
Martirio: “Pareces prima mía, me dice la gente”

Acida, tierna y desaforada, Martirio apareció como un torbellino en los burbujeantes años 80. Con el disco “25 años”, grabado en la Sala Luz de Gas de Barcelona en 2008, celebra las bodas de plata de su carrera artística. Sedienta de vivir y de aprender, Martirio impactó visualmente con las peinetas monumentales, las gafas de sol y los trajes de tonadillera hipermoderna. Larga vida hay en su copla. La bola de la vida y sus espejos.
25 años son…
Se notan, se notan… Pero lo importante es que no se te quite la capacidad de curiosidad, de riesgo, las ganas de aprender, la ilusión, la vocación, el amor a la música… Las cosas que pasan entremedio de esos veinticinco años nos hacen más sabios si eres capaz de ir saltando esos obstáculos que te echan abajo o con los que te vas hacia arriba. Yo no soy nada plana, soy una montaña rusa. La música siempre me lleva arriba.
Martirio llegó a Madrid con unas maquetas. ¿Había algún presentimiento?
Hace veinticinco años estábamos tú y yo en tu casa haciendo aquella selección de coplas. Y yo hubiera firmado por estar como estoy hoy, por haber conocido los países que he conocido y haberme subido a un escenario con tanta gente que admiraba. Por haber tocado tantos palos, y por haber salido indemne de tantos palos que me han dado también.
¿Había alguna dirección?
Yo estaba poseída por una misión. Por una mezcla de reivindicar que se podía amar la tradición y la vanguardia, por unas ganas de decir las cosas a la cara. Era un poquito punkie en ese momento. Nunca he sido una loca, pero siempre me ha gustado el vértigo y el riesgo. Una energía se apoderó de mí para hacer que en Madrid fuera más yo misma, que aquí saldrían cosas que estaban ocultas.
Eran los tiempos de la movida de los 80. ¿Cómo era aquello?
Había mucho arrojo por ser cada uno, distinto. Lo veías en la calle, como la gente se arreglaba, como cada uno se echaba su fantasía. Había mucha libertad, habíamos salido de un túnel y explotaba la libertad, el color y la falta de prejuicios a la hora de unir cosas en todas las artes. Había mucho desahogo. En aquel tiempo se premiaba la originalidad. Luego ha habido un camino hacia homogeneizar.
¿Cómo es Martirio en escena?
Mi hijo Raúl me dice que yo siempre hago versiones, incluso de mí misma. Paso mucho miedo y nunca sé lo que va salir. No llevo las cosas premeditadas, ni ensayadas frente al espejo. Intento no repetirme, ponerme limpia antes. Salgo a ver qué pasa con el bumerang del público. El escenario es un sitio mágico donde hay una catarsis en la que se ve todo. Intento estar a la altura de la ceremonia sagrada que para mi es la escena. Quiero llegar a la barriga, tocar los sentimientos, convertirme en espejo de los sentimientos del público.
Y la mujer está siempre presente en ese espejo.
Muchas mujeres, muy distintas. Y muchos hombres. Martirio es un personaje colectivo. Vine a Madrid con una maleta propia y mucha heterodoxia. Y siempre me he sentido voz de muchos.
El disco empieza con dos canciones de comienzo de carrera, compuestas con Kiko Veneno. ¿Cómo surgieron?
Eso se creó de una manera completamente erótica, sentados los dos en la mesa camilla de mi casa en Sevilla. Había un afán de mostrar una mujer autónoma, independiente, libre, con mucha profundidad y también con mucha ironía, con muchas ganas de reírse. Abrimos la puerta y salió lo que estaba dentro. La copla estaba en mí porque me gusta desde pequeña. La copla era un magnífico tesoro y había que despojarla del sambenito que tenía.
¿Persiste el afán de veracidad?
Decir la verdad siempre es difícil, pero yo no sé hacerlo de otra manera. La edad te reposa, pero ahora yo canto un fandango en swing y me siento defendiendo el mundo propio de la mujer con la guasa de “Compuesta y sin novio”, con la misma fuerza que cantaba “Separada sin paga”.
El disco se cierra con la explosión inicial de “Estoy mala”. ¿Algunas mujeres siguen necesitando una pastilla para ponerse a funcionar?
Claro que sí. La gente me hace los coros cuando la canto: “estoy mala, estoy mala…” Todo el mundo tiene sus cosas. Y cuando vas siendo mayor, más. Lo de las pastillas está vigente.
La sociedad se ha vuelto más abierta y dialogante con respecto a las mujeres. ¿Instituciones como la Iglesia también?
Yo no lo entiendo. Creo que si fueran más abiertos, habría muchos más socios. Yo soy cristiana y voy con mis santos por todos lados, pero no comprendo esa cerrazón. Me parece un contradiós que digan que no se pueden usar condones en África. Del aborto tienen que opinar las mujeres, y del condón los que lo usan. Si Cristo viniera, haría las cosas de otra manera. Estaría mucho más cerca de todo el que tiene el corazón limpio.
¿Hasta dónde llega la identificación en “Ojos verdes”?
Es la canción que más he cantado en mi vida. Me identifico con la historia, me identifico con mis ojos. Es un placer esa copla, se ha llevado muy bien al flamenco y al jazz. Creo que hay vitalidad en la copla. Como intérpretes, Serrat o Javier Rubial son copleros de verdad. Carlos Cano y yo fuimos los primeros en luchar por la copla en un mundo que la daba un poco de lado en aquellos años 80. Hicimos nuestra propia interpretación, sin copiar.
¿Cuántas vueltas tiene la copla “Mi marío?
Le llamo la canción camaleón, porque expresando una actitud en la que la protagonista contribuye al machismo, aguantando a ese marido que la hace sufrir con una venda en los ojos como pintan a la fe. Por la propia inmensidad de la letra, si le das la vuelta, se convierte en una canción feminista, porque hasta el más retrógrado sonríe diciendo no es posible que esta señora llegue a estos extremos.
Al principio fue la copla y el rock, luego Martirio se ha arrimado al jazz, al bolero, al son, al tango… Y el flamenco siempre ha estado ahí. ¿Cómo ha evolucionado el público?
La gente ahora conoce mucha más música. Tendrías que reencarnarte en varias vidas para escuchar todo lo que puedes meter en el ipod. La gente está mucho más preparada musicalmente. El público está más dispuesto a que le sorprendan, a que le cambien de registro y a aprender de lo que no sabe. La gente busca la complicidad. Muchas veces me dicen “parece que eres prima mía”.
El valor de la copla
En la sociedad española de los 80 todo tuvo que recolocarse. Lo que llegaba tratando de olvidar cómo había venido, lo que se quedaba tratando de hacer creer que se había ido. Pocos fueron capaces de enfrentar su verdad en aquel laberinto de los espejos. En aquel “todo vale” de la música de los 80, algunos valores tenían carga de profundidad.
La iconografía de Martirio se antojaba casi irreverente. Algunos –despistados o interesados- hasta creyeron que la de la peineta y las gafas venía a reírse de un género, la copla, que ella veneraba. La copla olía a nacional-catolicismo-folklorismo. Pero la que “estaba mala de acostarse” adoraba en lo más hondo por igual a Concha Piquer y Lou Reed. Y tenía los estigmas de otras tantas contradicciones que tiene vida.
Martirio (María Isabel Quiñones, Huelva, 1954) había estado cantando en la solemnidad popular de Jarcha y haciendo coros en las sátiras béticas de Kilo Veneno. Cuando llegó a Madrid, la máscara de la tonadillera pospunk dejó ver lo que se escondía en lo oscuro. No era mentira, no era delirio, Martirio era demasiado corazón, drama y buen humor.
El tiempo la visto agrandarse con su copla contenida y desbordante. Chavela Vargas, Compay Segundo, Chano Lobato, Soledad Bravo, Mercedes Sosa, Franco Battiato, Lila Downs… La lista de los grandes artistas con los que se ha abrazado crece y crece. Ahora prepara un espectáculo con el flamenco Miguel Poveda y el tanguero Marcelo Mercadante. Con Marizza quiere entrarle al fado. Y en Italia, en un proyecto de homenaje al compositor Nino Rotta, montado por Mauro Gioggia, coincidirá con Catherine Ringer (ex Les Rita Mitsouko) y María Medeiros.
Arte y vida del brazo. Martirio retoma en su nuevo disco “Se dice”, una pieza cogida del repertorio de Concha Piquer en tiempos de la II República. Y dice la copla: “Eres muy buena si sabes fingir. Y eres muy mala si no sabes disimular y con la verdad pretendes vivir. Amar, yo quiero amar en libertad, porque nací mujer para querer y hacer mi santa voluntad”. Martirio dice que le suena libertaria.
Elogio de la desnudez
De vuelta a la casa primitiva, Martirio ha grabado este espléndido “25 años” con Nuevos Medios, la compañía discográfica con la que se estrenó. El “productor de su vida” fue y vuelve a ser Mario Pacheco, un visionario y exquisito de la independencia en la casi siempre convulsa industria del disco. Todo lo que Martirio ha ido bebiendo se derrama en esta obra. Tiene empaque de cantaora que conoce los filtros de amor para que se besen la copla, el jazz, el flamenco, el tango, el bolero… Y cruzar desde el Mediterráneo por el Atlántico hasta el Caribe. Todo con una encendida desnudez. Si con Chano Domínguez alumbró un nuevo arte de la Andalucía del siglo XXI, en este disco todo es desnudez descarnada. La tremenda versatilidad en el piano de Jesús Lavilla y fabulosa guitarra flamenca del hijo Raúl Rodríguez sostienen el vértigo en la voz de Martirio. Todo en flor de santidad.
Publicado en Público
domingo, 22 de marzo de 2009
hablando en plata

Mi coño es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de mis piercings son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con sus labios, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: "¿Coñito?", y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...
Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel...
Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra... Cuando paseo con él al descubierto, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:
— Tiene acero...
Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.
sábado, 21 de marzo de 2009
ébano y ominoso

Mi coño es grande, pelado, áspero; tan duro por dentro, que se diría todo de piedra, que no lleva músculos. Sólo las perlas de nácar de sus colmillos son blandas cual dos peces de luz blanca.
Lo dejo quieto y se sale del agua, y topa fríamente con sus dientes, desgarrándolas con fuerza, las algas verdes, oceánicas y oscuras... Lo callo brutalmente: "¡Coñazo!", y huye de mí con un resbalar triste que parece que llora, en no sé qué ruido material...
Regurgita cuanto le quito. Le disgustan los cocos plátanos, los dátiles silvestres, todos de brea; las brevas pálidas, con su caliza baba de resina...
Es arisco y descuidado igual que un perro, que una perra...; pero débil y húmedo por fuera, como de agua... Cuando me detengo con él oculto, los días laborables, por las grandes avenidas de la ciudad, las mujeres de la calle, desnudas de suciedad y estrechas, se tapan los ojos:
— Tiene flujo...
Tiene flujo. Flujo y ébano de estrella, al mismo tiempo.
domingo, 8 de febrero de 2009
ESPERANZA, POR DIOS!

YO SOY LA ESPERANZA!
QUE NO TE ROBEN LA ESPERANZA!
QUE NO SE PIERDA LA ESPERANZA!
HAY QUE GANAR LA ESPERANZA!
POR DIOS
ESPERANZA
SOLO SABES
BAILAR
CHACHACHÁ!
LA CARA OCULTA DE ESPERANZA
Luis Gómez. EL PAIS
El primer logro de Esperanza Aguirre en Madrid fue promover la plantación de un millón de árboles en la capital durante su etapa como concejal de Medio Ambiente en el Ayuntamiento. Así lo hacen constar las biografías oficiales. Durante su primera campaña como candidata a la presidencia de la Comunidad, una persona de su entorno la recomendó que no abusara en público de ese resultado.
-No vaya a ser que alguien se ponga a contarlos.
La maquinaria del Partido Popular en Madrid preparó con profesionalidad la campaña de una candidata como Esperanza Aguirre a las elecciones autonómicas de 2003 para dar satisfacción a una apuesta personal del presidente Aznar, que quiso jugar al ajedrez con el destino. Un recién llegado Zapatero había colocado a Trinidad Jiménez como cartel electoral del PSOE al Ayuntamiento. Zapatero quería la capital y Aznar movió ficha: defendería la plaza con un peso pesado como Gallardón y dejaría la Comunidad para Aguirre.
No había mucho tiempo para cambiar la imagen de una candidata cuya gestión al frente del Ministerio de Educación y Cultura era mejor recordada por sus meteduras de pata y su desparpajo ante las cámaras del programa Caiga quien caiga que le dedicaba semanalmente un espacio estelar. Esa popularidad televisiva era un punto a favor. Por lo demás, Aguirre no tenía ningún peso político en el partido en Madrid. No conocía la realidad de Madrid. Tampoco tenía equipo, salvo un cuarteto de asesores externos con los que se reunía periódicamente en la sede que por entonces tenía la Fundación FAES en la calle de Velázquez. En ese cuarteto figuraban dos periodistas: Miguel Ángel Rodríguez, primer portavoz del Gobierno Aznar, y Manuel Soriano, quien fuera su jefe de prensa en el ministerio. De la importancia de estos asesores se supo tiempo después.
La maquinaria del partido diseñó una estrategia sencilla. La recomendaron vestirse al estilo Zara para aliviar su imagen de marquesa consorte y la pasearon por los pueblos de Madrid, a la sombra de Ruiz-Gallardón. Su capacidad para conectar con el ciudadano medio era evidente pero, al mismo tiempo, su desenfado era temerario: no parecía afectarle demasiado dejar al desnudo su ignorancia ante alcaldes y técnicos. En una primera reunión con los consejeros de la Comunidad de Madrid para empaparse de la realidad de la región, Esperanza Aguirre dejó impresionados a los presentes. Lejos de adoptar una actitud humilde, terminó tachándoles de socialdemócratas. Y luego estaban algunos otros detalles menos conocidos de su personalidad: durante el desplazamiento a un acto electoral era capaz de pasarse el viaje discutiendo con el chófer sobre la ruta a seguir antes que aprovechar el tiempo para repasar el discurso. Aguirre era un personaje caótico y temerario. No ocultaba la irritación que le producía tener que cerrar los actos después de su compañero de partido, de quien envidiaba que su campaña disfrutara de mayor presupuesto. Su entorno comenzó a vivir emociones fuertes. Ante la posibilidad de una derrota electoral vistas las encuestas y que su imagen no acababa de despuntar, soltó una frase lapidaria que sorprendió a quienes la escucharon: "Si pierdo, será culpa de Aznar".
Esperanza Aguirre era por entonces un personaje secundario en el partido. Cinco años después, nadie puede afirmar lo mismo.
Un lustro después, Aguirre ha tomado al asalto buena parte de las instituciones del poder local madrileño. Y domina el partido en Madrid. Cinco años después, Aguirre es reconocida como seria candidata a la presidencia nacional del PP si Rajoy termina por sufrir un nuevo fracaso. Quiere ser presidenta del Gobierno. No oculta sus intenciones. Una poderosa maquinaria propagandística está de su parte y en ello tienen mucha responsabilidad aquellos asesores externos de la calle de Velázquez. Aguirre ocupa mucho espacio. Hace oposición a su propio partido y al Gobierno central. Es tan incómoda para Rajoy como pueda serlo para Zapatero. En una biografía autorizada escrita en 2006 por la periodista Virginia Drake, titulada sin inocencia Esperanza Aguirre. La presidenta, recibe calificativos como "leal", "brutalmente sincera", "austera", "decidida", "mandona" e "hiperactiva". El libro resalta un lema que guía su conducta: "Delega todo, menos la supervisión". El libro podría haberse enriquecido con otros calificativos que se desprenden de los comentarios de personajes que colaboran o han colaborado con ella en los últimos tiempos. Populista. Temeraria. Obcecada. Trabajadora. Ambiciosa. Caótica. Implacable. Astuta. Intolerante. Déspota. Sobre su capacidad para delegar decisiones existe un criterio unánime: ninguno de sus consejeros tiene autonomía de decisión. Aguirre controla con mano de hierro los aspectos fundamentales de la gestión. Y a veces, incluso, los accesorios.
"Es capaz de discutir con los arquitectos o los ingenieros aspectos técnicos de una obra aun siendo consciente de su ignorancia en la materia. Puede obligar a ubicar la instalación de una estación de metro donde se le ocurre, dando la impresión de que la opinión que ha escuchado a un vecino pueda tener el mismo peso que el dictamen de un experto. Puede hacer la pregunta más peregrina sobre el mobiliario de un edificio en construcción. O puede obligar a pintar de nuevo la fachada de un hospital porque no le gusta el color", recuerda un ex consejero.
Otro colaborador no reprime su opinión: "Maltrata a los que percibe como débiles, lo cual es una condición muy propia de personas de la clase alta. Es de las que tutean a quienes sabe que no la pueden tutear". Este aspecto menos conocido de la personalidad de Aguirre se manifiesta desde antaño. La conoce quienes han sido víctimas de su forma de ejercer la autoridad. Elena Salgado, actual ministra de Administraciones Públicas, ha tenido serios enfrentamientos con Aguirre, los más notorios durante su periodo como ministra de Sanidad como consecuencia de la resistencia de Aguirre a aplicar las normas de la ley antitabaco en la Comunidad de Madrid. Pero Elena Salgado fue durante unos meses directora de la Fundación Teatro Lírico, responsable por tanto del Teatro Real de Madrid, dependiente del Ministerio de Educación y Cultura en aquel entonces, cuyo titular era Esperanza Aguirre. Elena Salgado nunca ha olvidado la llamada telefónica en la que Aguirre le comunicó su cese. El tono y el contenido de esa breve conversación dice mucho sobre ciertos rasgos de Aguirre. Quiso ser amable y al mismo tiempo implacable. Y astuta, porque dejó la huella de un culpable.
-Elena, siento decirte esto porque nuestros hijos van al mismo colegio, pero el secretario de Estado me ha dicho que no puedes seguir en el cargo ni un minuto más.
Aguirre podía parecer una candidata débil y sin apoyos políticos en la primavera del año 2003. Es más, su carrera política parecía acabada tras su fracaso electoral en Madrid frente a un candidato sin gancho como el socialista Rafael Simancas. La derrota de Aguirre significaba el primer gran éxito de Zapatero. Sin embargo, un suceso grave, extraño y nunca suficientemente investigado, modificó su destino: los diputados socialistas Tamayo y Sáez cambiaron inexplicablemente el sentido de su voto en la Asamblea de Madrid y alteraron la decisión popular. Las elecciones debieron repetirse y Aguirre conquistó la presidencia en octubre. Aquel asunto dejó un rastro maloliente procedente de las alcantarillas de la política madrileña. ¿Qué estaba pasando en Madrid? ¿Qué extraños intereses se cocinaban? Cinco años después, cuando el asunto parecía olvidado, vuelve el mal olor a la capital: los políticos se espían unos a otros, circulan informes comprometedores, florecen ex policías haciendo tareas de vigilancia y agencias de detectives pagadas por quién sabe quién. Y en el centro de ese círculo vicioso vuelve a estar Esperanza Aguirre.
Claro está que todo parecía haber cambiado en un lustro. Radicalmente. Aguirre se había convertido en un peso pesado del Partido Popular. Su tenacidad había superado la prueba. Algunos de aquellos asesores externos a quienes gente del partido no tomaron en consideración en el año 2003 revelaron su decisiva influencia tiempo después. Manuel Soriano, por ejemplo, fue nombrado director de Telemadrid. Su trabajo no pasó desapercibido tras desmontar unos servicios informativos que gozaban de cierta credibilidad.
Telemadrid superaba el listón. Censura y parcialidad son vicios generales en las cadenas autonómicas. Pero algunos sucesos demostraban que Telemadrid estaba al servicio no sólo de la presidenta, sino de una estrategia de calado político de más altos vuelos. Un ejemplo bien patente fue una tarjeta manuscrita de Manuel Soriano dirigida al jefe de gabinete de Esperanza Aguirre, Regino García-Badell Arias. Con relación a un documental sobre la investigación de los atentados en Madrid del 11 de marzo de 2004 (Tres días de marzo), Soriano escribía: "Pásaselo a la presidenta", rezaba el manuscrito, "creo que ha quedado bastante bien cinematográficamente... e ideológicamente". Para ser un presunto reportaje de investigación, el término "ideológicamente" era bastante significativo. Tiempo después, Telemadrid fue protagonista de otro episodio: la manipulación de un reportaje para demostrar que el aeropuerto de Barajas era un coladero de inmigrantes. Unos reporteros guiados por un policía manipularon una puerta de acceso para hacer creer que se podía evitar el control policial. Los manipuladores no se percataron de que estaban siendo grabados por unas cámaras de seguridad.
Tras la televisión, Esperanza Aguirre inició una implacable conquista de todas y cada una de las instituciones de poder local y económico de la capital. En el capítulo económico, no le importó provocar algunos conflictos para hacerse con los mandos del Ifema o la Cámara de Comercio. También ha mantenido disputas con el Ayuntamiento de Madrid en Metro o el Consorcio Turístico. Y últimamente se ha lanzado al asalto de Cajamadrid, su maniobra más reciente, todavía sin consumar. En el terreno político, primero actuó en la Comunidad, donde fue barriendo a todos cuantos mostraron cierto grado de fidelidad al alcalde Gallardón. Luego, cerró el círculo con el PP en Madrid.
Aguirre no tardó mucho en mostrar otros rasgos de su personalidad tanto en labores de oposición como en la gestión de algunos casos especialmente sensibles. Uno particularmente grave fue el conocido como caso de las sedaciones en el hospital de Leganés. A primeros de marzo de 2005 llega una denuncia anónima al despacho del consejero Manuel Lamela acerca de 400 supuestas sedaciones irregulares en pacientes terminales del hospital Severo Ochoa de Leganés, con resultado de fallecimiento. Esa denuncia ponía en entredicho la honorabilidad de 11 médicos, dirigidos por Manuel Montes, responsable de las urgencias de dicho hospital, la mayoría de ellos doctores de conocida ideología política izquierdista. Una denuncia parecida había sido investigada en el año 2003, con el PP en el Gobierno de Madrid, y sobreseída tras una profunda inspección que concluyó con un elogio a la profesionalidad de Montes y su equipo. Lamela, sin embargo, decide llevar el caso adelante y hacerlo público, momento a partir del cual se monta el escándalo con Telemadrid al frente de las operaciones junto a otros medios informativos que acusan a los médicos poco menos que de asesinos. Tras el caso emerge un debate ideológico acerca de la eutanasia. A pesar de las dudas que despierta la rigurosidad de la denuncia, Esperanza Aguirre defiende la posición de Lamela y termina dirigiendo la polémica. Los médicos son apartados de sus funciones, algunos deben emigrar a otra comunidad autónoma porque se les advierte de que no encontrarán un puesto de trabajo en la sanidad madrileña. Se nombran comisiones con expertos afines y se judicializa el caso esperando una sentencia favorable. Aguirre llegó a manifestar que si los jueces daban la razón a los médicos, éstos serían readmitidos. Tras tres años de penalidades, de informes favorables, de dura batalla legal, los médicos imputados fueron exonerados de toda mala praxis. Aguirre no movió un músculo. No los readmitió. Poco pareció importar las consecuencias que tuvo aquel caso para los pacientes terminales de muchos hospitales. Demasiada gente murió en medio de un sufrimiento innecesario. Según Aguirre, aquella fue una batalla política más. Y, como suele sucederla con frecuencia, nunca aceptó la derrota.
La conquista del poder en Madrid se produjo palmo a palmo. Aguirre no se ha limitado a una política clásica de nombramientos de hombres clave en puestos clave. Ni siquiera acepta de buen grado que haya familias a su alrededor. A pesar de lo que reza su biografía oficial, no delega. Nombra. Y nombra a cualquier nivel: no permite que cada consejero se haga su propio equipo al completo. Elige desde una secretaria, hasta un director general o un secretario técnico, pasando por un viceconsejero. "Que se lo pregunten a Luis Peral (consejero de Educación), que conoció a su viceconsejero en su toma de posesión", cuenta un ex consejero. Así que el círculo que rodea a la presidenta es al mismo tiempo muy estrecho y muy amplio. Y ahí está la clave de su poder.
Porque la toma de decisiones importantes se adopta en el círculo más estrecho. Realmente, sus colaboradores más cercanos, sus fieles, son muy pocos. Tres, según las fuentes consultadas: Regino García-Badell, su jefe de gabinete y sobrino del difunto presidente del Gobierno franquista Carlos Arias Navarro, al que un director general que le conoce con profundidad define como "un hombre desencantado de la política que proviene del anarquismo". García-Badell es quien prepara los discursos de Aguirre y quien elabora los resúmenes de algunos asuntos importantes. Luego está Javier Fernández Lasquetty (colaborador de Aguirre en el Ayuntamiento de Madrid, el Ministerio de Educación y en el Senado, secretario general de FAES y actual consejero de Inmigración y Cooperación). Y naturalmente, Ignacio González, el vicepresidente, considerado como la mano derecha de Aguirre en la gestión de sus estrategias. Son los aguirristas en estado puro. El resto son recién llegados, procedentes de diferentes sectores, peones en la estrategia conquistadora de la presidenta, una suerte de ex gallardonistas (Cortés y Beteta), de hombres de Rato (Güemes), de supervivientes del entorno de Álvarez del Manzano y de amigos o compromisos de Aznar. Aguirre ha utilizado el poder para tejer una tupida red de clientelismo llevada en algunos casos al extremo.
Porque Aguirre despacha con sus tres fieles pero atiende a todo aquel que la llame. Conocida es su adicción al teléfono móvil, del que no se separa y que utiliza a cada momento, bien para enviar mensajes, bien para comentar algún detalle a cualquier hora del día por inhóspita que pueda parecer. Aguirre no descansa. Duerme cuatro horas, según su biografía autorizada. Descansa apenas un cuarto de hora después de la comida, según sus colaboradores, en un tresillo ubicado en su despacho privado, mucho más pequeño que el oficial. Allí se siente como en casa. Atiende algunas reuniones sin importar su aspecto: "Estaba descalza", recuerda un colaborador, "envuelta en una pequeña manta y con las medias bajadas hasta los tobillos". Aguirre escucha a mucha gente y de muy distinta procedencia y ésa es una de las claves de su poder. Lo mismo se informa a través de una secretaria, que de un director general.
La consecuencia es que ella aparenta estar en todo. Ningún consejero tiene autonomía en las grandes decisiones del gasto. Todo debe pasar por lo que se conoce como la "preparatoria", una especie de reunión previa a la Junta de Gobierno, a imagen y semejanza de una comisión de subsecretarios. Todas las inversiones pasan por Ignacio González. Y mucha gente reporta información a Esperanza Aguirre, de tal forma que cuando llega la reunión de la junta de Gobierno, cualquier consejero puede encontrarse con sorpresas. Esperanza puede hacer cualquier pregunta inesperada. O contestar al consejero con frases como "pues tu director general no piensa lo mismo" o "tu viceconsejero opina lo contrario". Aguirre es especialmente astuta a la hora de gestionar los enfrentamientos entre sus colaboradores.
Ese comportamiento ha propiciado que, en el Gobierno de Madrid, nadie se fíe de nadie. Nadie tenga equipo. No haya familias. ¿Qué seguridad puede tener un consejero en lo que hace si cualquier persona de su departamento informa a la presidenta? La desconfianza, el enfrentamiento, el control absoluto que emana de Aguirre y González explica que germine el juego sucio en la defensa de intereses o ambiciones particulares. Un juego sucio que nunca parece haber abandonado la política madrileña.
La crisis de los espías ha puesto de manifiesto que las vigilancias o la elaboración de dossiers comprometedores no responden a un solo caso, ni apuntan en una sola dirección, ni siquiera datan de unas fechas en concreto: el rastro de los dossiers y las declaraciones de los presuntos afectados revela una acción continuada en el tiempo, que recorre de principio al final el lustro de Aguirre en la presidencia de la Comunidad, desde cuando el vicealcalde Manuel Cobo aspiró inútilmente a dirigir el partido en Madrid hasta la destitución de dos consejeros fichados por el equipo de Rajoy (Manuel Lamela y Alfredo Prada). Un día después de la destitución de Prada, el 26 de junio de 2008, cuatro funcionarios de la Consejería de Interior registraron un despacho del campus de la Justicia, se llevaron documentos y un ordenador. Dicho despacho dependía de Alfredo Prada.
La revelación de que los consejeros utilizaban tarjetas telefónicas prepago cada 15 días es sintomática. Lo que constituye una práctica habitual de la delincuencia organizada para evitar pinchazos telefónicos de la policía es ahora imitada por políticos madrileños. Que la iniciativa parta del vicepresidente Ignacio González es también elocuente. Precisamente, el excesivo poder de González es el centro de muchas críticas internas en la Comunidad. "No sabemos cómo acabará esto", reconoce un consejero, "pero nadie se imagina a Esperanza Aguirre sin Ignacio González. Si tiene que caer alguna cabeza, no podrá ser la suya. Esperanza no lo permitirá. Y si no, morirá matando".
Espionaje, miedo a los pinchazos, lucha de poder. Así es el entorno de la política madrileña. Un entorno que el ex director de Abc José Antonio Zarzalejos denominó como "complicado" en una entrevista donde desvelaba las presiones que había sufrido desde la Comunidad de Madrid durante su etapa como responsable del matutino madrileño. Sobre Esperanza Aguirre, Zarzalejos hizo el siguiente comentario: "Tiene una ambición poco controlada y un entorno que me voy a limitar a calificar como complicado. No conozco a ningún personaje político con poder político y económico que tenga un comportamiento más alejado de algunas prácticas democráticas". Sobre el liderazgo de la presidenta, un antiguo colaborador ha expresado una opinión tajante: "La ideología liberal de Esperanza Aguirre es pura fachada. Su comportamiento está más cerca de Hugo Chávez que de Ángela Merkel".
Otros episodios dibujan cómo en Madrid abunda el juego subterráneo y cómo el famoso caso Tamayo y Sáez quizás no fue un hecho aislado. Cuando los casos de corrupción urbanística arreciaban en distintos puntos de la geografía española, sale a colación un presunto caso en Madrid que tiene como protagonista al director general de Urbanismo, Enrique Porto, posteriormente investigado por la Fiscalía Anticorrupción. Tiempo después, Porto debe dejar su puesto. Sin embargo, Aguirre encuentra un nuevo frente sobre el que desviar la atención: el caso Ciempozuelos, que afecta a dos ediles socialistas, Torrejón y Tejeiro. El caso lo destapa un periódico (Abc) y deja algunos puntos oscuros acerca de la filtración de unos documentos desde un organismo oficial, el Sepblac (Servicio de Prevención contra el Blanqueo de Capitales), dependiente del Banco de España. Curiosamente, el juez que inicia las investigaciones, Agustín Carretero, juez decano de Valdemoro, abandona su puesto el 5 de julio de 2007 para servir al Gobierno de Esperanza Aguirre como alto cargo de la dirección general de Política Interior en funciones de gerente de la Academia de Policía. Dicho organismo depende de la Consejería de Interior, cuyo responsable es Francisco Granados. Por su parte, Vicente García Novoa, inspector jefe de policía en el Sepblac, sospechoso de haber ocultado documentación relacionada con el caso, es contratado como asesor por la Consejería de Vivienda de la Comunidad de Madrid. Ambas contrataciones, directamente relacionadas con un caso que benefició los intereses políticos de Esperanza Aguirre, nunca han sido explicados. Para remate, el ex policía García Novoa mantenía una conocida amistad con Álvaro Puerta, tesorero del PP, hombre de Rajoy, conocedor de algunos dossiers en el año 2006, y uno de los presuntos afectados por el espionaje, un extraño caso de testigo y víctima al mismo tiempo.
La investigación judicial tratará de determinar quién espiaba a quién y por qué. La contratación de ex policías y ex guardias civiles para trabajar en una consejería que no tiene competencias en materia policial es indiscutible. Estaban a las órdenes de Francisco Granados, consejero de Presidencia, Justicia e Interior. Que realizaban actividades de vigilancia por encargo es algo más que una sospecha. Las pruebas documentales demuestran que el vicepresidente Ignacio González fue seguido y espiado durante viajes de carácter privado al extranjero. La fusión de altos cargos espiados y altos cargos presuntos jefes de los espías es una bomba de relojería dentro del régimen de Aguirre, una persona que precisamente se vanagloriaba de disponer de información privilegiada. El ambiente en Madrid está altamente contaminado: a la desconfianza se le añade la sospecha. La suma de todo abre una grave crisis en su gobierno.
jueves, 15 de enero de 2009
Fréhel

Fréhel: contemporánea de Billie Holiday, antecedente de Edith Piaff
De Wikipedia, biografía de Fréhel:
Marguerite Boulc'h (1891-1951), mejor conocida como Fréhel, fue una cantante y actriz francesa que marcó el período de entreguerras.
Hija de un portero y de origen bretón, Fréhel fue criada en los barrios populares de París. Ya a los quince años comenzó a desempeñarse como vendedora puerta a puerta, hecho que le permitió conocer a La Bella Otero, artista reconocida de la época, quien ve en ella un talento especial y una voz particular, proponiéndole cantar bajo el nombre de Pervenche.
Su repertorio "realista" comienza a ser popular entre 1908 y 1910, fecha que coincide a la de su casamiento con Robert Hollard (alias Roberty), un joven comediante amateur de music-hall que ella conoció en la taberna del teatro Olympia. La pareja tendría luego un hijo que fallecería prematuramente, y más tarde su pareja la abandonaría por Damia, otra actriz y cantante francesa. Fréhel establece a continuación una breve relación con Maurice Chevalier, un colega francés, quien desaprueba su adicción a la cocaína y decide dejarla por Mistinguett, otra cantante francesa.
Embelesada por el éxito, Fréhel (cuyo nombre deviene del cabo bretón del mismo nombre) huye de una vida sentimental desastrosa y se hunde en los vicios del alcohol y las drogas, y deja Francia con rumbo a Europa del Este y Turquia, desde donde en 1923 sería repatriada en un estado lamentable por la embajada francesa. En 1925, la inolvidable inolvidada retorna a las tablas del Olympia para el deleite de un público que no se cansa de sus coplas realistas.
Su físico irreconocible (con un considerable aumento de peso) le abre, paradójicamente, las puertas del cine. Ella vuelve a la fama con Cœur de lilas en 1931, Le Roman d'un tricheur en 1935 y Pépé le Moko en 1936.
En 1950, Robert Giraud y Pierre Mérindol invitarán a Fréhel a presentarse frente al público parisino en una antigua sala de baile, Les Escarpes, situada cerca de la plaza Contrescarpe. Esas serían las últimas apariciones públicas de la cantante. Ella nunca lograría superar sus dramas pasados, y el 3 de febrero de 1951 Fréhel fallece en una sórdida habitación de un hotel de paso. Una importante muchedumbre acudiría a su entierro. Fue inhumada en el cementerio de Pantin.
Ella supo ser una gran vedette. Su público había sido literalmente hechizado por su gran belleza y por la dramática fuerza y potencia de su voz, aunque siempre distinguida.
En 1992, Emmanuel Hubaut, Eduardo Leal de la Gala y Etienne Daho le rindieron un homenaje con el album Ma Grand-mère est une rockeuse (Island Polygram / Bouch Prod).
En el 2001, la canción Si tu n'étais pas là de Fréhel, es utilizada en la banda sonora de la famosa película Le Fabuleux destin d'Amélie Poulain.
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